La oscuridad cubría la
noche como el velo en la cara de una viuda mientras el eco lejano de un lobo
solitario aullaba melancólicamente su canción a la luna. La neblina danzaba entre
los árboles desnudos como un ente traslúcido y etéreo que desfiguraba sus
formas en oscuras siluetas, y entre las sombras, él caminaba con la calma
aparente de quien conoce bien su camino. El frío le condensaba el aliento y
obligaba a levantarse el cuello de la chaqueta mientras las hojas secas crujían
bajo sus pies al compás de un andar pausado. Su mirada, era la mirada inquieta
de alguien que mira siempre de reojo a sus espaldas y se posaba cada tanto en
el trecho recorrido tras de sí. Nadie le seguía. Esta noche sería tan perfecta
como todas las anteriores.
Ella llevaba ya más tiempo esperando del que
seguramente habría podido soportar bajo normales condiciones. Plantada como una
estatua, veía a través de la ventana panorámica de la cabaña mientras la luz de
la noche le iluminaba el rostro y las velas que se dispersaban a lo largo del
salón le impregnaban un tenue brillo naranja a su curvilínea figura. Con una
mano sostenía lo que quedaba de su cigarrillo, y con la otra, dibujaba sobre el
polvo todas las oscuras maquinaciones que su mente pervertida planeaba cometer
esa noche. Se mordía los labios con una sonrisa traviesa y su pierna derecha se
balanceaba intranquilamente sobre la izquierda en un inconfundible gesto de
desesperación. Ya no podía esperar más.
De pronto, la puerta se
abre tras ella haciéndola levantar por la inercia. Debió suponer que entraría
por la parte de atrás. Siempre le ha gustado hacer sus entradas por sorpresa. Cuando
menos se lo espera, aparece silencioso
como un ninja listo para atacar. “Este maldito” dijo ella para sus adentros
mientras se recuperaba del vuelco que dio su corazón por el susto. O al menos de
eso quería creer que se trataba la extraña sensación sobre su pecho.
- ¡Cariño, estoy en casa! – anunciaba él mientras
pasaba con una sonrisa burlona y lanzaba su chaqueta sobre un taburete cercano.
- Métete el “cariño” por el culo, idiota- le respondía
ella avanzando hacia él y devolviéndole
la misma sonrisa- Llegaste tarde otra vez…
- Sé que odias repulsivamente la impuntualidad, querida,
por eso me he tomado todo el tiempo del mundo en venir, además, debía verificar
cada tanto que nadie estuviese cerca y me viera.
- Tú siempre tan precavido… Si fuera por ti, serías
capaz de regresarte a borrar tus pisadas en la tierra para que nadie sepa que
alguna vez exististe - Decía tranquilamente ella mientras volvía a sentarse en
su silla- ¿Trajiste algo bueno?
- En efecto que sí, sino créeme que no habría tenido
ninguna gracia el venir hasta esta cabaña perdida en el ojete del bosque-
mintió él, sonriente, sentándose frente a ella y tomando una copa de vino sobre
la mesa.
- Excelente- un brillo malicioso se encendía en su
mirada.
- A fin de cuentas, nunca está de más consentirnos de
vez en cuando, ¿no?
- ¿Y bueno? ¿Qué estamos esperando? Vamos de una vez
al tema.
- Tranquila querida, la paciencia es una virtud de la
que sin duda careces. Tenemos tiempo de sobra, y dado que es una ocasión
especial, pensaba que antes podríamos disfrutar de la velada. - respondió él
agitando el líquido de su copa en contraluz con las velas. Mantenían la
conversación sin mirarse directamente a la cara, no necesitaban ya ver sus
expresiones para entenderse mientras hablaban.
- En verdad no esperaba que fueras a ponerte romántico
de pronto, sabes que el motivo principal de este encuentro es otro…
- Pues me parece que estás bastante radiante esta
noche. Demasiado para alguien que no le importa nada más que el motivo de
nuestro encuentro- respondió él mientras veía por el reflejo de su copa, ahora
vacía, el contorno de sus piernas. Eran esbeltas y firmes, como esculpidas en
el mármol de algún maestro renacentista, el esfuerzo de su cruce al nivel del
muslo tensaba la delicada tela de su vestido carmesí de tal modo que se
apreciaba lo ajustado pero sin rayar en lo vulgar, por el contrario, le
concedía a ese par de piernas una elegancia como la de un manto que reposa
sobre una estatua recién hecha.
- Sólo trato de verme bonita para nuestro invitado-
dijo ella sonriendo mientras escondía sus piernas bajo la mesa.
Él
esbozó la sombra de una mueca que suavemente marcaba la comisura de su boca,
sólo para luego reírse de sí mismo en lo parecía ser un chiste para sus
adentros. Tomó la botella y llenó nuevamente su copa para luego alzarla en
señal de brindis, exclamando:
- ¡Pues a su salud!
- Mientras le quede…- susurró ella tratando de
contener una risilla. El brillo malicioso acentuaba en su mirada los destellos
de todas las imágenes que se imaginaba.
…
La
cena había terminado, pero sus apetitos apenas comenzaban a despertar como
fieras hambrientas. Las velas a medias iluminaban sobre la mesa los restos de
comida y botellas vacías mientras sobre
el sofá del living, conversaban
despreocupadamente sobre las trivialidades de cualquier charla. El espacio
estaba decorado de una forma sobria y elegante, con una chimenea de piedra que
parecía inútil ante la cantidad absurda de velas que ella había colocado sobre
los muebles de diseñador. Seguía balanceando sus piernas inquietamente mientras
que él apenas se aflojaba la corbata que hasta ahora había colgado
inmaculadamente de su cuello como la soga de un ahorcado.
- Juro que si no te conociera, pensaría que estas algo
ansiosa- comentaba él al percatarse del movimiento de su compañera.
- Esto es aburrido- decía ella con un dejo de
fastidio- Las velas, el vino, esta charla sin sentido… Sabes que esto no es lo
mío.
- Nada te costaba probar algo diferente para variar.
- Mira quien lo dice, el amo y señor de los metódicos.
- Pienso que el hecho de planificar y organizarlo todo
antes de proceder es lo esencial para que la experiencia se disfrute al límite
sin imprevistos, y eso no me hace un rutinario, sólo alguien precavido.
- Es lo mismo. Yo opino que la experiencia se disfruta
mejor cuando te dejas llevar y simplemente haces lo que tu instinto te diga,
sin planes ni nada… Sólo la espontaneidad del momento.
Entonces,
con un felino movimiento, giró para posarse sobre el regazo de él, las piernas
abiertas capturaban su cintura mientras los brazos rodeaban su cuello con una
milimétrica distancia entre cara y cara. Lo miró directamente a los ojos
mordiendo su labio inferior tras un suspiro donde sintió que se le escapa el
alma. Su respiración se había acelerado con la intensidad del movimiento, pero
no pareció recibir la misma respuesta por parte de su compañero, quien impávido
la contemplaba. Ella aceptó su derrota bajando la mirada y levantando los
hombros. La sensualidad de su boca desaparecía para abrir paso a una mueca de
auto burla. Esta batalla la ganaba él. Había sido una jugada demasiado
predecible.
- No creo haber conocido a alguien tan impulsiva y
desastrosa en todos los años que llevo haciendo esto- dijo él
- Ese es tu problema- respondió ella reincorporándose
en su asiento con el entrecejo fruncido- lo ves como un trabajo, algo previamente
calculado con un fin específico…
- ¿Y qué es entonces?
- Pues, es algo mucho más íntimo… ¿Realmente nunca has
sentido esa conexión espiritual cada vez que lo hacemos?
- La verdad- dijo él tomando un mechón de su compañera y deshilándolo cabello por cabello entre sus dedos- Esa conexión de la que hablas, quizás haya
podido sentirla en la privacidad, cuando el baile se hace de dos… Pero en casos
como éste, donde habremos tres, hay como una distancia que mantener y hace que
no sea lo mismo.
- Comprendo. Aun así, nuestros encuentros no se supone
que sean para conectar, sino únicamente para satisfacer los bajos instintos de
nuestra carne.
- ¿Y por qué preguntaste si la sentía entonces? Es una
contradicción total.
- Mejor olvídalo- suspiró ella nuevamente, viendo
hacia otro lado- A veces eres insoportable...
- ¿Sí, verdad? – Dijo él sonriendo- bueno, parece que
ya son las más de las doce. Podemos comenzar.
Ya
algunas de las velas se habían consumido por completo apagándose sobre los
restos endurecidos de su propia cera.
…
Despertó con un dolor de
cabeza y una resequedad en la boca que le apestaban a resaca. Las paredes color
rojo de la habitación le lastimaban la vista y aunque las lámparas estaban
graduadas de manera suave, aun eran capaces de encandilarle. No podía recordar
nada de la noche anterior, sólo haber salido como siempre a la taberna de la
esquina después de una larga jornada en la construcción. Unas cuantas cervezas
y unas lindas meseras era lo único que pedía antes de volver a la casa con la
vieja ladilla de su mujer y aquellos carajitos tan ruidosos que su sola
presencia bastaba ya para sacarlo de quicio.
Era un bebedor empedernido
y de largo kilometraje por lo que se le hacía extraño que una ronda de birras
ordinaria hubiera sido capaz de dejarlo fuera de combate. Todo era tan raro, y
esas condenadas paredes rojas seguían chillando en sus pupilas fotofóbicas.
Recordaba haber hecho lo mismo de siempre: hablar con sus amigos de la barra
sobre las novedades del trabajo y el partido del día anterior con sus
respectivos debates de altura sobre el desempeño de cualquier jugador o sus predicciones
para el campeonato; contar chistes soeces y piropear aun peor a cuanta mujer
pasara en el rango de su detector de cazador promiscuo y el vallenato de fondo
que le recordaba los bailes de su juventud cuando la vida parecía sonreírle más
amablemente y sus responsabilidades se veían más lejanas de sus actuales
cuarentas. Trataba de centrar la vista en el techo, aunque su mirada permanecía
tan nublada que no podía distinguir si esa figura acostada con los brazos y
piernas extendidos era un reflejo de sí mismo en un gran panel de espejos.
Ahora podía recordar aquella pareja que había
conocido durante su borrachera. Bien vestidos, con aires sifrinos, definitivamente
no encajaban nada con el perfil común de aquella taguara. Él se le antojaba
como un pretencioso amanerado que inmediatamente le cayó como la patada; con
sus modales excesivamente refinados para alguien del siglo XXI y su vocabulario
rebuscado, como si todo él destilara un aire a superioridad imposible de no
querer golpear. En cambio ella, era un bombón de esos que sólo podía ver en los
calendarios. Una chica fuera de liga. Ambos se le habían acercado como quien no
quiere la cosa, con frases simples para romper el hielo, y sin saber cómo,
terminaron pronto entablando conversación. Insistieron en invitarle la ronda de
bebidas, whisky 18 años de una marca tan específica que el propio cantinero se
sorprendió de escuchar pues ni recordaba tenerla en sus reservas.
Definitivamente esta gente era adinerada.
Cuando ya los tragos comenzaban a subírsele a
la cabeza, sin más demoras, los dos extraños decidieron manifestarle el motivo
de este inusual contacto. Para su gusto, fue ella quien tomó la iniciativa con
una coquetería que resultaba sencillamente encantadora. Al parecer, eran un par
de amantes en busca de diversión y nuevas experiencias para complacer sus
morbos fetichistas, y lo que le proponían, sin adornos ni rodeos, era invitarlo
a participar en un trío. Sinceramente no fue una decisión que haya meditado con
la cabeza fría, y no necesariamente por el exceso de alcohol en sus neuronas;
aquel monumento de mujer que lo miraba ansiosa despertaba en él los sentimientos
más primitivos y pasionales, capaces de descontrolar hasta al más cándido. Tan
sólo pensar en pasar sus manos por ese cuerpo divino lo ponía nervioso y si
para acceder a ella tenía que compartir cama con aquel insulso intento de
aristócrata, pues aceptaría con gusto con tal de pasar la noche de su vida y
poder contar al día siguiente lo que ni el mismo se creería de no ser por su
suerte. No le dio muchas vueltas a su cabeza cegada por la lujuria, a fin de
cuentas, no es secreto que la ciudad está llena de parejas de ricachones
sexualmente voraces que fuera de la luz pública practican toda clase de
sodomías para evitar el aburrimiento, y no le molestaba en lo absoluto ayudar a
cumplir las fantasías de aquella diosa con aroma a Channel.
El rojo de la habitación
ya no le impactaba tanto, pero la sensación de mareo le hizo querer llevarse la
mano a la frente, una fuerte tensión se lo impidió casi al mismo tiempo en
que recuperó la total claridad de su visión. Sus pupilas se contrajeron ante lo
que vio en el espejo del techo y un grito fuerte le desgarró las cuerdas
vocales como jamás lo había hecho en su miserable vida.
…
- Vaya, vaya, ¡Pero miren
quién despertó! – exclamó el aristócrata insulso que había sin fallo calculado
el momento exacto en que su invitado despertaría y ya se encontraba bajando las
escaleras cuando intuyó que debían estar resonando gritos de ayuda dentro de la
habitación especial a prueba de sonidos.
- ¡Maldito infeliz! ¿Qué me
estás haciendo? ¿Por qué me tienes aquí amarrado?
Se encontraba sobre una
mesa negra de plástico que se asemejaba a las tablas de cocina para cortar
carnes, completamente desnudo, amarrado con correas de cuero a sus esquinas por
cada una de sus extremidades. Sudaba como un puerco que estaba a punto de ir al
matadero, y frente suyo, él no hacía más que contemplarlo en silencio con sus
ojos calmos y una mueca de lado que asemejaba una sonrisa. Sobre su ropa fina
llevaba una bata y un par de bolsas cubrían sus mocasines lustrados dándole la
apariencia de un cirujano. Llevaba en su mano un morral que colocó en una mesa
pegada de la pared. Lentamente fue sacando toda clase de cuchillos de todos los
tipos y tamaños, ganchos y un hasta un par de martillos que hasta se tomaba la
molestia de levantar para que su invitado los contemplara mientras se retorcía
en infructuosos forcejeos para librarse con toda clase de gritos e improperios. Tarareaba incluso acomodando sus instrumentos en la mesa, cuando otro grito
completamente diferente lo sorprendió proveniente de la puerta.
- - ¿Pero qué es todo esto?-
exclamó ella llevándose las manos a la boca con una expresión de horror en su
rostro - ¿Qué piensas hacerle a este hombre? ¡Monstruo desalmado!
El invitado cautivo se
calló de pronto y una confusión enorme reinó en sus ojos implorantes, por su
parte, él sólo se limitó a arquear la ceja.
- - Pero que pésima actriz
eres, ¿Lo sabes? – finalmente dijo volviendo a su trabajo
- - Y tú un aburrido.
- - Ni siquiera nuestro invitado
se lo creyó. Si querías darle al menos un mínimo de esperanza, mejor habría
sido que pusieras unas sirenas de policía de fondo.
- - Quizás, nunca está de más
jugar con la comida de vez en cuando- respondió con un tono de travesura
infantil.
- - ¡Qué clase de enfermos
son ustedes! ¡Yo no les he hecho nada! – gritaba nuevamente desde su tabla de
cortes el trozo de carne que esta noche cenarían sus anfitriones más perversos
que pervertidos.
Él se ajustó los guantes
quirúrgicos que ya traía puestos, y se colocó el tapabocas. Todo el suelo de la
habitación estaba recubierto de plástico de embalaje.
- -Pero que ridículo te ves
disfrazado así, ¿Lo sabes?- dijo ella jocosamente tratando de imitar la voz de
su compañero.
- -Lo sé, y por lo que veo,
nuevamente harás esto sin ninguna protección y dejarás tu ADN regado en la
escena del crimen.
- -No menos regado de lo que
quedará nuestro invitado, como el de la última vez… Es necesario para conectarse
que haya contacto de piel con piel, sentir cada textura y calor con mis propias
manos sin ninguna barrera- Dijo ella mientras se abrazaba a sí misma
balanceándose sobre sus pies.
- - ¿Nuevamente hablando de
eso? No sabía que te habías vuelto tan espiritual… ¿Quieres el cuchillo de
sierra o el carnicero?
- - Creo que hoy probaré ese
nuevo cuchillo francés que acabas de comprar, después de todo es una ocasión
especial.
Sonrió él por primera vez
en toda la noche con sinceridad y agradeciendo estar de espaldas a ella. Sacó
un cuchillo largo de acero brillante y hoja de 17cm que le entregó con elegancia
de modo que ella lo tomara por la empuñadura.
- - Muchas gracias caballero,
¿Gusta bailar? – dijo ella tendiéndole la mano que no portaba el arma de su
delirio.
- - Generalmente no es la
dama quien invita, pero será un placer hacer con usted la excepción – respondió
él siguiéndole el juego y tomando su mano, avanzaron hacia la mesa como si de
verdad se dirigieran al centro de la pista.
- - No, no, no, no, no… ¡Por
favor, Dios! ¡No! – gritaba la víctima ya con la voz quebrada y el terror
reflejado en la mirada.
- - Dios no fue invitado a
este baile, pero te aseguro que esta noche cenarás con el diablo – canturreó
ella aún tomada de la mano de su pareja mientras deslizaba el frío dorso del
metal por la piel erizada de su presa.
Se situaron cada uno de
un lado de la mesa. Su invitado hasta ahora había tratado de guardar la calma
hasta donde la situación lo permitía, esperando que todo fuese una broma y en
cualquier momento apareciera la cámara escondida, pero ahora estaba seguro de
que era jodidamente real y, sacudiéndose, luchaba contra las correas que lo
sujetaban tan en vano como lo era ya luchar contra su destino.
- - Tranquilo, querido… Sólo
déjate llevar- Intentó consolarlo ella mientras acariciaba su cabello y
recorría su rostro con la punta del cuchillo. Un hijo rojo de sangre dejaba su
estela por el mismo camino.
Decidió que lo mejor era
quedarse quieto estando ese cuchillo tan cerca de su cuello. Internamente
rezaba sin emitir ni una sola palabra, simplemente la seguía con la mirada como
podía, conteniendo la respiración cuando sentía el filo pasar por alguna zona
crítica. Ella se manejaba como una niña dibujando con creyones, meneando la
cabeza mientras iba dejando marcas en su piel sin ningún patrón en específico.
Igual le daba cortar abdomen o muslos, el pecho o los brazos, de forma
completamente aleatoria rasguñaba como escrutando en la cara de su lienzo la
sorpresa sobre dónde seguiría a continuación. Él ya había terminado de acomodar
sus juguetes sobre la mesa en el estricto orden en que los iba a utilizar: una
pinza con varias agujas, un cuchillo jamonero pequeño, otro más grande, ganchos
y un látigo, y para cerrar con broche de oro, un gigantesco cuchillo de carnicero.
En una esquina había dejado la sierra quirúrgica por si la carne resultaba más
dura de lo anticipado y fuera necesario, a fin de cuentas, siempre fue un tipo
preparado.
- Ya me aburrí- se levantó
ella de pronto haciendo un puchero
- ¿Tan pronto? Apenas
estamos comenzando…- comentó él sorprendido
- No me malentiendas, aun
no termino con este chico malo- atajó a responder mientras con su mano palpaba todos los diversos cortes de variada profundidad que había hecho-
Sólo subiré un momento por un trago, ¿Te parece?
- De acuerdo, es mi turno
de jugar entonces- dijo él tomando la charola con la pinza y las agujas.
- ¿Quieres que te traiga
algo?
- No en horas de trabajo-
Dijo poniéndose una suerte de antiparras con lupas que más que cirujano, le
daban ya aires de científico loco.
- Ese es tu problema – puso
ella cara de indignada- Para ti esto es como un trabajo, le quitas lo
divertido.
Salió de la habitación y
de reojo lo único que alcanzó a ver de ella fueron sus tacones subiendo la
escalera para finalmente desaparecer. Él suspiró profundamente. “Lo que arde
muy rápido, muy rápido termina por consumirse” pensó mientras colocaba la
bandeja al lado de su presa, que temblaba sabiendo que estaba solo con
ese psicópata – como si la otra no lo fuera más-.
- Oh, amigo… La vas a pasar
muy mal- pensó él al descifrar los pensamientos por su cara.
Cuando ella retornó, estaba ligeramente sonrojada y
daba algunos traspiés, pero aún era plenamente consciente de todo como para
decirse borracha. Traía consigo una botella de vino casi completa, aunque cabe
destacar que no era la primera. Al entrar, lo vio más concentrado que nunca insertando
la aguja en el hombro de su víctima que gritaba como si no hubiera mañana. A
diferencia de la apucultura, el objetivo de éstas era infringir el mayor dolor
posible tocando los nervios clave. La víctima gemía y su respiración era
acelerada Una mezcla de sudor frío y sangre bañaba su cuerpo al igual que la
pinza ya utilizada que aun escurría sobre la bandeja.
- - Veo que ya le arrancaste
todas las uñas…
- - Fue más rápido y sencillo
de lo que pensé. No lo disfruté tanto.
Era sorprendente su nivel
de concentración. A pesar de los gritos desgarradores de su presa, él
permanecía inmutable sin el menor sobresalto, enfocado en dar con el nervio
exacto capaz de hacerlo gritar con más fuerza.
- - Ven acá – dijo ella
tomando el cuchillo jamonero y una de las manos de su presa- Cuando la única
forma de sentir placer es a través del dolor lento y prolongado, tienes el
problema de que tienes que saborear todos los matices para sentirte a gusto. Y
cuando eso no ocurre… Este cerdito se fue al mercado…
Cortó
su dedo meñique.
- - Cuando no llena tus
expectativas, sencillamente no lo disfrutas. Demasiado trabajo para nada. Si no
es lo suficientemente lento para ti, no sirve y desgraciadamente no todos
tienen tanto aguante. Este cerdito compró la carne…
Cortó
su dedo anular.
- - En cambio, hay un encanto
peculiar en la brevedad. Nuestra propia existencia lo es si la comparas con el
universo o las eras geológicas, y aun así nos empeñamos en hacer tanto en tan
poco tiempo. Este cerdito la llevó a casa…
Cortó
su dedo medio.
- - Los momentos son efímeros,
sólo pasan una vez y tienes que sentirlos con toda su intensidad. No puedes ser
todo el tiempo tan gris, siempre desglosando la vida en vez de vivirla como un
todo. Este cerdito la cocinó…
Cortó
su dedo índice.
Llevaba tiempo que había
dejado de clavar agujas en sus nervios. La miraba fijamente con duro semblante.
Hizo el gesto de querer hablar para pronunciar su nombre pero ella lo frenó en
seco.
- - No me interrumpas. Crees
que puedes tener todo calculado con premeditación, controlar todas las variables,
y no es así. La naturaleza es impredecible, nunca sabes dónde será el próximo
terremoto por más instrumentos con los que los midas, sólo ocurren y ya… El
universo parece tener patrones, pero en realidad está hecho de caos puro, de
entropía… Y así somos los seres humanos, máquinas de hacer lo que nos venga en
gana sin motivos… Y el más pequeñito de todos, ¡Todita, todita se la comió!
Clavó
el cuchillo de lleno en el muslo de su cerdito y se levantó. Con lo que quedaba de la botella
bañó a la presa entera haciendo que el alcohol del vino entrara por cada
cortada que había hecho. Lo hizo gritar tan fuerte que incluso se habría
escuchado con las paredes revestidas.
- - Increíble como aun eres
capaz de sorprenderme- indicó él quitándose las antiparras- Bueno, parece que
no era un tipo tan duro como pensaba, ya se desmayó.
Cuando despertó, sintió
nuevamente un profundo mareo y dolor de cabeza, sólo que ya sabía que no se
trataba de una resaca. Él sin dudas había hecho un trabajo impecable con los
ganchos al colgarlo de la pared de brazos y piernas. Es sorprendente la
elasticidad de la piel en condiciones así, capaz de sostener el peso completo
del cuerpo en suspensión.
- - Malditos sean… Espero que
se pudran en lo más profundo del infierno- apenas emitía un hilo de voz
quebrada y ronca de tanto gritar.
Ella tenía el látigo en
la mano y toda la intención de utilizarlo. Hizo chasquear el aire de un
latigazo con una risa macabra al verlo sobresaltarse con el ruido. Era su
instrumento favorito, desde aquellos días en los que sólo fantaseaba en su cabeza
con reproducir todo lo que había visto en la película de Saló. Un latigazo, un grito. Otro latigazo, y otro, y otro, y otro.
Cada zarpazo desgarraba la carne y un hilo de sangre la salpicó de largo a
largo en su rostro. Ella mantenía su sonrisa y jadeaba más de placer que de
cansancio. Estaba ligeramente despeinada ya y su mirada era de loca homicida.
Él estaba recostado de la pared fumando, contemplándola fijamente y arqueaba la
ceja cada vez que ella se giraba a verlo.
- - Pareces como regañado-
dijo ella en un momento con un tono entrecortado
- - Es que me quedé pensando
en lo que dijiste
- -¿Y qué es lo que piensas?
- -Que pienso en demasiadas
mierdas.
- -No lo pongo duda. Le das
muchas vueltas a las cosas.
- -No es eso. ¿Por qué es
necesario tener siempre una profundidad filosófica para todo? Sí, sé que soy un
metódico, un rutinario, que no muevo un pie sin haber planeado el siguiente
paso, ¿Pero crees que pienso mucho en eso? Simplemente soy así y ya… Tú en
cambio aún dentro del azar dejas patrones y reflexionas mucho para alguien que
actúa desde la impulsividad.
- -No hagamos de esto una
terapia de pareja, cariño…
- -No me interrumpas-
estalló de pronto. Había avanzado hacia ella bruscamente y de un solo
movimiento le quitó el látigo de la mano. Eso ella no se lo esperaba.
- - Siempre es lo mismo. Una
y otra vez – Había extendido el látigo viéndola y en reflejo, ella sacó el
cuchillo en posición de defensa.
- - Tienes que planear tu
vida. Estudia, gradúate, cásate, ten hijos y vive tu retiro como anciano
enfermo y amargado hasta que te mueras a los ochenta de un paro cardíaco sin
haber hecho nada con tu vida- comenzó a azotar con fuerza a su presa.- Claro
que ser un espíritu libre está sobrevalorado, sobre todo cuando te haces
esclavo de tus propios impulsos… ¿Crees que hiciste algo con tu vida por hacer
todo lo que te vino en gana? Pues no. Necesitas experiencias extremas para
poder sentirte viva y satisfacerte de que tu existencia ha dado un giro
inesperado. Sin la emoción, probablemente morirías de aburrimiento, pues crees
que todo es una caja de sorpresas. El mundo no trabaja así, te presiona, te
quiebra y te convierte en un maldito sociópata que estalla por la frustración
de no ser libre porque para ellos, la libertad es aquella que les vendieron en la
televisión del hippie tocando guitarra frente a la hoguera… Entonces es cuando
buscas la libertad en estos arrebatos de locura, o peor, terminas alienado por
el sistema y pensando que la libertad está en ser un ebrio mujeriego como este
pobre infeliz.
Lo
había azotado tan duro que la carne se levantaba y casi parecía desollado en
vida. Nuevamente estaba desmayado.
- - No tiene nada de
coherencia lo que dices – Dijo ella viéndolo con una cara de confusión total.
- - Lo sé – dijo de pronto
recuperando la compostura y peinándose con una sonrisa en el rostro- perdí por
un momento los cabales.
- -Estás muy loco- sonrió
ella negando con la cabeza
- -Y tú muy cuerda
Ella
aceptó con una reverencia su cumplido, y cuchillo en mano, se abalanzó sobre su
presa asestándole varias y repetidas puñaladas que lo despertaron de facto. La
sangre comenzó a salpicar las paredes y a escurrirse sobre el plástico del
suelo. La presa abrió bastante los ojos y trató nuevamente de gritar, pero
quedó ahogado por los borbotones de líquido que se le acumulaban en la garganta.
Al terminar, ella estaba tan bañada de sangre como su presa y volteándose hacia
su pareja, le tendió el cuchillo que éste tomó gustoso y empuñándolo, abrió de
un solo tajo el cuerpo agonizante y le arrebató el último suspiro de vida
al introducir su mano en el interior, y tras romper el esternón y cortar la
aorta con destreza, sacó su corazón que apenas acababa de dar su último latido.
Se lo entregó como quien
entrega flores en la primera cita, y ella encantada, lo arrojó al suelo y
comenzó a pisotearlo con sus tacones punta de aguja. Él jamás la había visto
tan hermosa, detalló sus piernas esbeltas, su vestido rojo donde la tela se
confundía con la sangre, su piel blanca y tersa por donde corrían las gotas
salpicadas, su cabello rubio platinado vuelto un completo desastre encantador.
Vio fascinado su cuello largo y sus clavículas marcadas; los rasgos finos de su
rostro con el rímel corrido y el rojo de sus labios carnosos, el rojo de la
sangre que la cubría y el rojo de su mirada asesina mientras jugaba con el
corazón de su víctima.
Ella acabó nuevamente
jadeando, con la adrenalina corriéndole a tope, haciéndola sentir más viva que
nunca. Un calor interno la invadió, las piernas le temblaban, y vio a aquel
sujeto parado frente a ella que la examinaba con la mirada. Su mirada era
intensa, en gran parte ayudada por sus cejas espesas y el azul glacial de sus
ojos. Su cabello negro como un misterio nuevamente estaba inmaculadamente peinado y
en su mandíbula cuadrada, veía con atención una boca que buscaba a la suya.
No necesitaron ponerse de
acuerdo para saber lo que querían. Como dos animales se lanzaron uno sobre el
otro y se besaron con una pasión que calentaba la habitación y derretía las
barreras entre ellos. Él comenzó a desvestirse de la bata y los guantes, de todas
esas capas de ropa que cubrían la desnudez de su verdadero ser. Ella se despojó
del vestido, pero permanecía más roja que nunca.
Sus alientos se
aceleraron y sus pupilas se dilataron mientras él la arrojaba sobre la mesa y
con sus manos, recorría su anatomía perfecta sin necesidad de cuchillos. Sus
senos firmes recibían especial atención mientras su boca se deslizaba
lentamente hacia abajo y su lengua probaba el elixir de esa mezcla de sudor y
sangre. Lento, como él sabía hacerlo.
Ella gemía complacida,
con sus uñas arañaba su espalda y con su boca mordía su cuello como si quisiera
arrancárselo. Sus muslos temblaban y se movía con una gracia salvaje y
desenfrenada. Gritaba, rugía y lo miraba directo a los ojos, tomando los
despojos del corazón destrozado en el suelo y embadurnando con él su pecho de
hielo que ardía en ese momento. Lo apretaba contra la mesa y saltaba sobre él
con una furia que lo hacía poner las más cómicas muecas de placer. Rápido, como
ella sabía hacerlo.
Terminaron exhaustos, acostados
sobre la mesa abrazados como un solo cuerpo, con la botella de vino vacía en el
suelo junto a los restos de corazón, tripas y sangre. Habían extasiado sus
sentidos con los placeres de la carne, y ahora descansaban sabiendo que en unas
horas, saldría el sol, y los amantes sangrientos volverían a las rutinas de sus
vidas, a sus trabajos estables y su familia, su casa llena de comodidades. No
volverían a hablar sobre lo ocurrido tras las paredes de esa cabaña hasta el
año siguiente.
- - Feliz aniversario, cariño.
Te amo – dijo él besando con ternura su frente
-Feliz aniversario, mi
vida. Yo te amo más. – respondió ella acurrucándose más en él, quedando plácidamente dormida.