lunes, 31 de octubre de 2016

El festín de la carne


La oscuridad cubría la noche como el velo en la cara de una viuda mientras el eco lejano de un lobo solitario aullaba melancólicamente su canción a la luna. La neblina danzaba entre los árboles desnudos como un ente traslúcido y etéreo que desfiguraba sus formas en oscuras siluetas, y entre las sombras, él caminaba con la calma aparente de quien conoce bien su camino. El frío le condensaba el aliento y obligaba a levantarse el cuello de la chaqueta mientras las hojas secas crujían bajo sus pies al compás de un andar pausado. Su mirada, era la mirada inquieta de alguien que mira siempre de reojo a sus espaldas y se posaba cada tanto en el trecho recorrido tras de sí. Nadie le seguía. Esta noche sería tan perfecta como todas las anteriores.
  Ella llevaba ya más tiempo esperando del que seguramente habría podido soportar bajo normales condiciones. Plantada como una estatua, veía a través de la ventana panorámica de la cabaña mientras la luz de la noche le iluminaba el rostro y las velas que se dispersaban a lo largo del salón le impregnaban un tenue brillo naranja a su curvilínea figura. Con una mano sostenía lo que quedaba de su cigarrillo, y con la otra, dibujaba sobre el polvo todas las oscuras maquinaciones que su mente pervertida planeaba cometer esa noche. Se mordía los labios con una sonrisa traviesa y su pierna derecha se balanceaba intranquilamente sobre la izquierda en un inconfundible gesto de desesperación. Ya no podía esperar más.
De pronto, la puerta se abre tras ella haciéndola levantar por la inercia. Debió suponer que entraría por la parte de atrás. Siempre le ha gustado hacer sus entradas por sorpresa. Cuando  menos se lo espera, aparece silencioso como un ninja listo para atacar. “Este maldito” dijo ella para sus adentros mientras se recuperaba del vuelco que dio su corazón por el susto. O al menos de eso quería creer que se trataba la extraña sensación sobre su pecho.
- ¡Cariño, estoy en casa! – anunciaba él mientras pasaba con una sonrisa burlona y lanzaba su chaqueta sobre un taburete cercano.
- Métete el “cariño” por el culo, idiota- le respondía ella avanzando hacia él y devolviéndole  la misma sonrisa- Llegaste tarde otra vez…
- Sé que odias repulsivamente la impuntualidad, querida, por eso me he tomado todo el tiempo del mundo en venir, además, debía verificar cada tanto que nadie estuviese cerca y me viera.
- Tú siempre tan precavido… Si fuera por ti, serías capaz de regresarte a borrar tus pisadas en la tierra para que nadie sepa que alguna vez exististe - Decía tranquilamente ella mientras volvía a sentarse en su silla- ¿Trajiste algo bueno?
- En efecto que sí, sino créeme que no habría tenido ninguna gracia el venir hasta esta cabaña perdida en el ojete del bosque- mintió él, sonriente, sentándose frente a ella y tomando una copa de vino sobre la mesa.
- Excelente- un brillo malicioso se encendía en su mirada.
- A fin de cuentas, nunca está de más consentirnos de vez en cuando, ¿no?
- ¿Y bueno? ¿Qué estamos esperando? Vamos de una vez al tema.
- Tranquila querida, la paciencia es una virtud de la que sin duda careces. Tenemos tiempo de sobra, y dado que es una ocasión especial, pensaba que antes podríamos disfrutar de la velada. - respondió él agitando el líquido de su copa en contraluz con las velas. Mantenían la conversación sin mirarse directamente a la cara, no necesitaban ya ver sus expresiones para entenderse mientras hablaban.
- En verdad no esperaba que fueras a ponerte romántico de pronto, sabes que el motivo principal de este encuentro es otro…
- Pues me parece que estás bastante radiante esta noche. Demasiado para alguien que no le importa nada más que el motivo de nuestro encuentro- respondió él mientras veía por el reflejo de su copa, ahora vacía, el contorno de sus piernas. Eran esbeltas y firmes, como esculpidas en el mármol de algún maestro renacentista, el esfuerzo de su cruce al nivel del muslo tensaba la delicada tela de su vestido carmesí de tal modo que se apreciaba lo ajustado pero sin rayar en lo vulgar, por el contrario, le concedía a ese par de piernas una elegancia como la de un manto que reposa sobre una estatua recién hecha.
- Sólo trato de verme bonita para nuestro invitado- dijo ella sonriendo mientras escondía sus piernas bajo la mesa.
            Él esbozó la sombra de una mueca que suavemente marcaba la comisura de su boca, sólo para luego reírse de sí mismo en lo parecía ser un chiste para sus adentros. Tomó la botella y llenó nuevamente su copa para luego alzarla en señal de brindis, exclamando:
- ¡Pues a su salud!
- Mientras le quede…- susurró ella tratando de contener una risilla. El brillo malicioso acentuaba en su mirada los destellos de todas las imágenes que se imaginaba.
           

            La cena había terminado, pero sus apetitos apenas comenzaban a despertar como fieras hambrientas. Las velas a medias iluminaban sobre la mesa los restos de comida y  botellas vacías mientras sobre el sofá del living, conversaban despreocupadamente sobre las trivialidades de cualquier charla. El espacio estaba decorado de una forma sobria y elegante, con una chimenea de piedra que parecía inútil ante la cantidad absurda de velas que ella había colocado sobre los muebles de diseñador. Seguía balanceando sus piernas inquietamente mientras que él apenas se aflojaba la corbata que hasta ahora había colgado inmaculadamente de su cuello como la soga de un ahorcado.
- Juro que si no te conociera, pensaría que estas algo ansiosa- comentaba él al percatarse del movimiento de su compañera.
- Esto es aburrido- decía ella con un dejo de fastidio- Las velas, el vino, esta charla sin sentido… Sabes que esto no es lo mío.
- Nada te costaba probar algo diferente para variar.
- Mira quien lo dice, el amo y señor de los metódicos.
- Pienso que el hecho de planificar y organizarlo todo antes de proceder es lo esencial para que la experiencia se disfrute al límite sin imprevistos, y eso no me hace un rutinario, sólo alguien precavido.
- Es lo mismo. Yo opino que la experiencia se disfruta mejor cuando te dejas llevar y simplemente haces lo que tu instinto te diga, sin planes ni nada… Sólo la espontaneidad del momento.
            Entonces, con un felino movimiento, giró para posarse sobre el regazo de él, las piernas abiertas capturaban su cintura mientras los brazos rodeaban su cuello con una milimétrica distancia entre cara y cara. Lo miró directamente a los ojos mordiendo su labio inferior tras un suspiro donde sintió que se le escapa el alma. Su respiración se había acelerado con la intensidad del movimiento, pero no pareció recibir la misma respuesta por parte de su compañero, quien impávido la contemplaba. Ella aceptó su derrota bajando la mirada y levantando los hombros. La sensualidad de su boca desaparecía para abrir paso a una mueca de auto burla. Esta batalla la ganaba él. Había sido una jugada demasiado predecible.
- No creo haber conocido a alguien tan impulsiva y desastrosa en todos los años que llevo haciendo esto- dijo él
- Ese es tu problema- respondió ella reincorporándose en su asiento con el entrecejo fruncido-  lo ves como un trabajo, algo previamente calculado con un fin específico…
- ¿Y qué es entonces?
- Pues, es algo mucho más íntimo… ¿Realmente nunca has sentido esa conexión espiritual cada vez que lo hacemos?
- La verdad- dijo él tomando un mechón de su compañera y deshilándolo cabello por cabello entre sus dedos-  Esa conexión de la que hablas, quizás haya podido sentirla en la privacidad, cuando el baile se hace de dos… Pero en casos como éste, donde habremos tres, hay como una distancia que mantener y hace que no sea lo mismo.
- Comprendo. Aun así, nuestros encuentros no se supone que sean para conectar, sino únicamente para satisfacer los bajos instintos de nuestra carne.
- ¿Y por qué preguntaste si la sentía entonces? Es una contradicción total.
- Mejor olvídalo- suspiró ella nuevamente, viendo hacia otro lado- A veces eres insoportable...
- ¿Sí, verdad? – Dijo él sonriendo- bueno, parece que ya son las más de las doce. Podemos comenzar.
            Ya algunas de las velas se habían consumido por completo apagándose sobre los restos endurecidos de su propia cera.



Despertó con un dolor de cabeza y una resequedad en la boca que le apestaban a resaca. Las paredes color rojo de la habitación le lastimaban la vista y aunque las lámparas estaban graduadas de manera suave, aun eran capaces de encandilarle. No podía recordar nada de la noche anterior, sólo haber salido como siempre a la taberna de la esquina después de una larga jornada en la construcción. Unas cuantas cervezas y unas lindas meseras era lo único que pedía antes de volver a la casa con la vieja ladilla de su mujer y aquellos carajitos tan ruidosos que su sola presencia bastaba ya para sacarlo de quicio.
Era un bebedor empedernido y de largo kilometraje por lo que se le hacía extraño que una ronda de birras ordinaria hubiera sido capaz de dejarlo fuera de combate. Todo era tan raro, y esas condenadas paredes rojas seguían chillando en sus pupilas fotofóbicas. Recordaba haber hecho lo mismo de siempre: hablar con sus amigos de la barra sobre las novedades del trabajo y el partido del día anterior con sus respectivos debates de altura sobre el desempeño de cualquier jugador o sus predicciones para el campeonato; contar chistes soeces y piropear aun peor a cuanta mujer pasara en el rango de su detector de cazador promiscuo y el vallenato de fondo que le recordaba los bailes de su juventud cuando la vida parecía sonreírle más amablemente y sus responsabilidades se veían más lejanas de sus actuales cuarentas. Trataba de centrar la vista en el techo, aunque su mirada permanecía tan nublada que no podía distinguir si esa figura acostada con los brazos y piernas extendidos era un reflejo de sí mismo en un gran panel de espejos.
Ahora  podía recordar aquella pareja que había conocido durante su borrachera. Bien vestidos, con aires sifrinos, definitivamente no encajaban nada con el perfil común de aquella taguara. Él se le antojaba como un pretencioso amanerado que inmediatamente le cayó como la patada; con sus modales excesivamente refinados para alguien del siglo XXI y su vocabulario rebuscado, como si todo él destilara un aire a superioridad imposible de no querer golpear. En cambio ella, era un bombón de esos que sólo podía ver en los calendarios. Una chica fuera de liga. Ambos se le habían acercado como quien no quiere la cosa, con frases simples para romper el hielo, y sin saber cómo, terminaron pronto entablando conversación. Insistieron en invitarle la ronda de bebidas, whisky 18 años de una marca tan específica que el propio cantinero se sorprendió de escuchar pues ni recordaba tenerla en sus reservas. Definitivamente esta gente era adinerada.
 Cuando ya los tragos comenzaban a subírsele a la cabeza, sin más demoras, los dos extraños decidieron manifestarle el motivo de este inusual contacto. Para su gusto, fue ella quien tomó la iniciativa con una coquetería que resultaba sencillamente encantadora. Al parecer, eran un par de amantes en busca de diversión y nuevas experiencias para complacer sus morbos fetichistas, y lo que le proponían, sin adornos ni rodeos, era invitarlo a participar en un trío. Sinceramente no fue una decisión que haya meditado con la cabeza fría, y no necesariamente por el exceso de alcohol en sus neuronas; aquel monumento de mujer que lo miraba ansiosa despertaba en él los sentimientos más primitivos y pasionales, capaces de descontrolar hasta al más cándido. Tan sólo pensar en pasar sus manos por ese cuerpo divino lo ponía nervioso y si para acceder a ella tenía que compartir cama con aquel insulso intento de aristócrata, pues aceptaría con gusto con tal de pasar la noche de su vida y poder contar al día siguiente lo que ni el mismo se creería de no ser por su suerte. No le dio muchas vueltas a su cabeza cegada por la lujuria, a fin de cuentas, no es secreto que la ciudad está llena de parejas de ricachones sexualmente voraces que fuera de la luz pública practican toda clase de sodomías para evitar el aburrimiento, y no le molestaba en lo absoluto ayudar a cumplir las fantasías de aquella diosa con aroma a Channel.
El rojo de la habitación ya no le impactaba tanto, pero la sensación de mareo le hizo querer llevarse la mano a la frente, una fuerte tensión se lo impidió casi al mismo tiempo en que recuperó la total claridad de su visión. Sus pupilas se contrajeron ante lo que vio en el espejo del techo y un grito fuerte le desgarró las cuerdas vocales como jamás lo había hecho en su miserable vida.

-       Vaya, vaya, ¡Pero miren quién despertó! – exclamó el aristócrata insulso que había sin fallo calculado el momento exacto en que su invitado despertaría y ya se encontraba bajando las escaleras cuando intuyó que debían estar resonando gritos de ayuda dentro de la habitación especial a prueba de sonidos.
-    ¡Maldito infeliz! ¿Qué me estás haciendo? ¿Por qué me tienes aquí amarrado?
Se encontraba sobre una mesa negra de plástico que se asemejaba a las tablas de cocina para cortar carnes, completamente desnudo, amarrado con correas de cuero a sus esquinas por cada una de sus extremidades. Sudaba como un puerco que estaba a punto de ir al matadero, y frente suyo, él no hacía más que contemplarlo en silencio con sus ojos calmos y una mueca de lado que asemejaba una sonrisa. Sobre su ropa fina llevaba una bata y un par de bolsas cubrían sus mocasines lustrados dándole la apariencia de un cirujano. Llevaba en su mano un morral que colocó en una mesa pegada de la pared. Lentamente fue sacando toda clase de cuchillos de todos los tipos y tamaños, ganchos y un hasta un par de martillos que hasta se tomaba la molestia de levantar para que su invitado los contemplara mientras se retorcía en infructuosos forcejeos para librarse con toda clase de gritos e improperios. Tarareaba incluso acomodando sus instrumentos en la mesa, cuando otro grito completamente diferente lo sorprendió proveniente de la puerta.
-         - ¿Pero qué es todo esto?- exclamó ella llevándose las manos a la boca con una expresión de horror en su rostro - ¿Qué piensas hacerle a este hombre? ¡Monstruo desalmado!
El invitado cautivo se calló de pronto y una confusión enorme reinó en sus ojos implorantes, por su parte, él sólo se limitó a arquear la ceja.
-       - Pero que pésima actriz eres, ¿Lo sabes? – finalmente dijo volviendo a su trabajo
-       - Y tú un aburrido.
-    - Ni siquiera nuestro invitado se lo creyó. Si querías darle al menos un mínimo de esperanza, mejor habría sido que pusieras unas sirenas de policía de fondo.
-      - Quizás, nunca está de más jugar con la comida de vez en cuando- respondió con un tono de travesura infantil.
-        - ¡Qué clase de enfermos son ustedes! ¡Yo no les he hecho nada! – gritaba nuevamente desde su tabla de cortes el trozo de carne que esta noche cenarían sus anfitriones más perversos que pervertidos.
Él se ajustó los guantes quirúrgicos que ya traía puestos, y se colocó el tapabocas. Todo el suelo de la habitación estaba recubierto de plástico de embalaje.
-       -Pero que ridículo te ves disfrazado así, ¿Lo sabes?- dijo ella jocosamente tratando de imitar la voz de su compañero.
-       -Lo sé, y por lo que veo, nuevamente harás esto sin ninguna protección y dejarás tu ADN regado en la escena del crimen.
-     -No menos regado de lo que quedará nuestro invitado, como el de la última vez… Es necesario para conectarse que haya contacto de piel con piel, sentir cada textura y calor con mis propias manos sin ninguna barrera- Dijo ella mientras se abrazaba a sí misma balanceándose sobre sus pies.
-   - ¿Nuevamente hablando de eso? No sabía que te habías vuelto tan espiritual… ¿Quieres el cuchillo de sierra o el carnicero?
-      - Creo que hoy probaré ese nuevo cuchillo francés que acabas de comprar, después de todo es una ocasión especial.
Sonrió él por primera vez en toda la noche con sinceridad y agradeciendo estar de espaldas a ella. Sacó un cuchillo largo de acero brillante y hoja de 17cm que le entregó con elegancia de modo que ella lo tomara por la empuñadura.
-   - Muchas gracias caballero, ¿Gusta bailar? – dijo ella tendiéndole la mano que no portaba el arma de su delirio.
-   - Generalmente no es la dama quien invita, pero será un placer hacer con usted la excepción – respondió él siguiéndole el juego y tomando su mano, avanzaron hacia la mesa como si de verdad se dirigieran al centro de la pista.
-     - No, no, no, no, no… ¡Por favor, Dios! ¡No! – gritaba la víctima ya con la voz quebrada y el terror reflejado en la mirada.
-    - Dios no fue invitado a este baile, pero te aseguro que esta noche cenarás con el diablo – canturreó ella aún tomada de la mano de su pareja mientras deslizaba el frío dorso del metal por la piel erizada de su presa.
Se situaron cada uno de un lado de la mesa. Su invitado hasta ahora había tratado de guardar la calma hasta donde la situación lo permitía, esperando que todo fuese una broma y en cualquier momento apareciera la cámara escondida, pero ahora estaba seguro de que era jodidamente real y, sacudiéndose, luchaba contra las correas que lo sujetaban tan en vano como lo era ya luchar contra su destino.
-      - Tranquilo, querido… Sólo déjate llevar- Intentó consolarlo ella mientras acariciaba su cabello y recorría su rostro con la punta del cuchillo. Un hijo rojo de sangre dejaba su estela por el mismo camino.
Decidió que lo mejor era quedarse quieto estando ese cuchillo tan cerca de su cuello. Internamente rezaba sin emitir ni una sola palabra, simplemente la seguía con la mirada como podía, conteniendo la respiración cuando sentía el filo pasar por alguna zona crítica. Ella se manejaba como una niña dibujando con creyones, meneando la cabeza mientras iba dejando marcas en su piel sin ningún patrón en específico. Igual le daba cortar abdomen o muslos, el pecho o los brazos, de forma completamente aleatoria rasguñaba como escrutando en la cara de su lienzo la sorpresa sobre dónde seguiría a continuación. Él ya había terminado de acomodar sus juguetes sobre la mesa en el estricto orden en que los iba a utilizar: una pinza con varias agujas, un cuchillo jamonero pequeño, otro más grande, ganchos y un látigo, y para cerrar con broche de oro, un gigantesco cuchillo de carnicero. En una esquina había dejado la sierra quirúrgica por si la carne resultaba más dura de lo anticipado y fuera necesario, a fin de cuentas, siempre fue un tipo preparado.
-   Ya me aburrí- se levantó ella de pronto haciendo un puchero
-   ¿Tan pronto? Apenas estamos comenzando…- comentó él sorprendido
-   No me malentiendas, aun no termino con este chico malo- atajó a responder mientras con su mano palpaba todos los diversos cortes de variada profundidad que había hecho- Sólo subiré un momento por un trago, ¿Te parece?
-  De acuerdo, es mi turno de jugar entonces- dijo él tomando la charola con la pinza y las agujas.
-   ¿Quieres que te traiga algo?
- No en horas de trabajo- Dijo poniéndose una suerte de antiparras con lupas que más que cirujano, le daban ya aires de científico loco.
- Ese es tu problema – puso ella cara de indignada- Para ti esto es como un trabajo, le quitas lo divertido.
Salió de la habitación y de reojo lo único que alcanzó a ver de ella fueron sus tacones subiendo la escalera para finalmente desaparecer. Él suspiró profundamente. “Lo que arde muy rápido, muy rápido termina por consumirse” pensó mientras colocaba la bandeja al lado de su presa, que temblaba sabiendo que estaba solo con ese psicópata – como si la otra no lo fuera más-.
- Oh, amigo… La vas a pasar muy mal- pensó él al descifrar los pensamientos por su cara.
  Cuando ella retornó, estaba ligeramente sonrojada y daba algunos traspiés, pero aún era plenamente consciente de todo como para decirse borracha. Traía consigo una botella de vino casi completa, aunque cabe destacar que no era la primera. Al entrar, lo vio más concentrado que nunca insertando la aguja en el hombro de su víctima que gritaba como si no hubiera mañana. A diferencia de la apucultura, el objetivo de éstas era infringir el mayor dolor posible tocando los nervios clave. La víctima gemía y su respiración era acelerada Una mezcla de sudor frío y sangre bañaba su cuerpo al igual que la pinza ya utilizada que aun escurría sobre la bandeja.
-         -  Veo que ya le arrancaste todas las uñas…
-         -  Fue más rápido y sencillo de lo que pensé. No lo disfruté tanto.
Era sorprendente su nivel de concentración. A pesar de los gritos desgarradores de su presa, él permanecía inmutable sin el menor sobresalto, enfocado en dar con el nervio exacto capaz de hacerlo gritar con más fuerza.
-         -  Ven acá – dijo ella tomando el cuchillo jamonero y una de las manos de su presa- Cuando la única forma de sentir placer es a través del dolor lento y prolongado, tienes el problema de que tienes que saborear todos los matices para sentirte a gusto. Y cuando eso no ocurre… Este cerdito se fue al mercado…
Cortó su dedo meñique.
-         -  Cuando no llena tus expectativas, sencillamente no lo disfrutas. Demasiado trabajo para nada. Si no es lo suficientemente lento para ti, no sirve y desgraciadamente no todos tienen tanto aguante. Este cerdito compró la carne…
Cortó su dedo anular.
-          - En cambio, hay un encanto peculiar en la brevedad. Nuestra propia existencia lo es si la comparas con el universo o las eras geológicas, y aun así nos empeñamos en hacer tanto en tan poco tiempo. Este cerdito la llevó a casa…
Cortó su dedo medio.
-         -  Los momentos son efímeros, sólo pasan una vez y tienes que sentirlos con toda su intensidad. No puedes ser todo el tiempo tan gris, siempre desglosando la vida en vez de vivirla como un todo. Este cerdito la cocinó…
Cortó su dedo índice.
Llevaba tiempo que había dejado de clavar agujas en sus nervios. La miraba fijamente con duro semblante. Hizo el gesto de querer hablar para pronunciar su nombre pero ella lo frenó en seco.
-         -  No me interrumpas. Crees que puedes tener todo calculado con premeditación, controlar todas las variables, y no es así. La naturaleza es impredecible, nunca sabes dónde será el próximo terremoto por más instrumentos con los que los midas, sólo ocurren y ya… El universo parece tener patrones, pero en realidad está hecho de caos puro, de entropía… Y así somos los seres humanos, máquinas de hacer lo que nos venga en gana sin motivos… Y el más pequeñito de todos, ¡Todita, todita se la comió!
Clavó el cuchillo de lleno en el muslo de su cerdito y se levantó. Con lo que quedaba de la botella bañó a la presa entera haciendo que el alcohol del vino entrara por cada cortada que había hecho. Lo hizo gritar tan fuerte que incluso se habría escuchado con las paredes revestidas.
-         - Increíble como aun eres capaz de sorprenderme- indicó él quitándose las antiparras- Bueno, parece que no era un tipo tan duro como pensaba, ya se desmayó.
Cuando despertó, sintió nuevamente un profundo mareo y dolor de cabeza, sólo que ya sabía que no se trataba de una resaca. Él sin dudas había hecho un trabajo impecable con los ganchos al colgarlo de la pared de brazos y piernas. Es sorprendente la elasticidad de la piel en condiciones así, capaz de sostener el peso completo del cuerpo en suspensión.
-       -  Malditos sean… Espero que se pudran en lo más profundo del infierno- apenas emitía un hilo de voz quebrada y ronca de tanto gritar.
Ella tenía el látigo en la mano y toda la intención de utilizarlo. Hizo chasquear el aire de un latigazo con una risa macabra al verlo sobresaltarse con el ruido. Era su instrumento favorito, desde aquellos días en los que sólo fantaseaba en su cabeza con reproducir todo lo que había visto en la película de Saló. Un latigazo, un grito. Otro latigazo, y otro, y otro, y otro. Cada zarpazo desgarraba la carne y un hilo de sangre la salpicó de largo a largo en su rostro. Ella mantenía su sonrisa y jadeaba más de placer que de cansancio. Estaba ligeramente despeinada ya y su mirada era de loca homicida. Él estaba recostado de la pared fumando, contemplándola fijamente y arqueaba la ceja cada vez que ella se giraba a verlo.
-        -  Pareces como regañado- dijo ella en un momento con un tono entrecortado
-         - Es que me quedé pensando en lo que dijiste
-          -¿Y qué es lo que piensas?
-          -Que pienso en demasiadas mierdas.
-          -No lo pongo duda. Le das muchas vueltas a las cosas.
-          -No es eso. ¿Por qué es necesario tener siempre una profundidad filosófica para todo? Sí, sé que soy un metódico, un rutinario, que no muevo un pie sin haber planeado el siguiente paso, ¿Pero crees que pienso mucho en eso? Simplemente soy así y ya… Tú en cambio aún dentro del azar dejas patrones y reflexionas mucho para alguien que actúa desde la impulsividad.
-          -No hagamos de esto una terapia de pareja, cariño…
-          -No me interrumpas- estalló de pronto. Había avanzado hacia ella bruscamente y de un solo movimiento le quitó el látigo de la mano. Eso ella no se lo esperaba.
-       -   Siempre es lo mismo. Una y otra vez – Había extendido el látigo viéndola y en reflejo, ella sacó el cuchillo en posición de defensa.
-        -  Tienes que planear tu vida. Estudia, gradúate, cásate, ten hijos y vive tu retiro como anciano enfermo y amargado hasta que te mueras a los ochenta de un paro cardíaco sin haber hecho nada con tu vida- comenzó a azotar con fuerza a su presa.- Claro que ser un espíritu libre está sobrevalorado, sobre todo cuando te haces esclavo de tus propios impulsos… ¿Crees que hiciste algo con tu vida por hacer todo lo que te vino en gana? Pues no. Necesitas experiencias extremas para poder sentirte viva y satisfacerte de que tu existencia ha dado un giro inesperado. Sin la emoción, probablemente morirías de aburrimiento, pues crees que todo es una caja de sorpresas. El mundo no trabaja así, te presiona, te quiebra y te convierte en un maldito sociópata que estalla por la frustración de no ser libre porque para ellos, la libertad es aquella que les vendieron en la televisión del hippie tocando guitarra frente a la hoguera… Entonces es cuando buscas la libertad en estos arrebatos de locura, o peor, terminas alienado por el sistema y pensando que la libertad está en ser un ebrio mujeriego como este pobre infeliz.
Lo había azotado tan duro que la carne se levantaba y casi parecía desollado en vida. Nuevamente estaba desmayado.
-              - No tiene nada de coherencia lo que dices – Dijo ella viéndolo con una cara de confusión total.
-             - Lo sé – dijo de pronto recuperando la compostura y peinándose con una sonrisa en el rostro- perdí por un momento los cabales.
-          -Estás muy loco- sonrió ella negando con la cabeza
-          -Y tú muy cuerda
          Ella aceptó con una reverencia su cumplido, y cuchillo en mano, se abalanzó sobre su presa asestándole varias y repetidas puñaladas que lo despertaron de facto. La sangre comenzó a salpicar las paredes y a escurrirse sobre el plástico del suelo. La presa abrió bastante los ojos y trató nuevamente de gritar, pero quedó ahogado por los borbotones de líquido que se le acumulaban en la garganta. Al terminar, ella estaba tan bañada de sangre como su presa y volteándose hacia su pareja, le tendió el cuchillo que éste tomó gustoso y empuñándolo, abrió de un solo tajo el cuerpo agonizante y le arrebató el último suspiro de vida al introducir su mano en el interior, y tras romper el esternón y cortar la aorta con destreza, sacó su corazón que apenas acababa de dar su último latido.
Se lo entregó como quien entrega flores en la primera cita, y ella encantada, lo arrojó al suelo y comenzó a pisotearlo con sus tacones punta de aguja. Él jamás la había visto tan hermosa, detalló sus piernas esbeltas, su vestido rojo donde la tela se confundía con la sangre, su piel blanca y tersa por donde corrían las gotas salpicadas, su cabello rubio platinado vuelto un completo desastre encantador. Vio fascinado su cuello largo y sus clavículas marcadas; los rasgos finos de su rostro con el rímel corrido y el rojo de sus labios carnosos, el rojo de la sangre que la cubría y el rojo de su mirada asesina mientras jugaba con el corazón de su víctima.           
Ella acabó nuevamente jadeando, con la adrenalina corriéndole a tope, haciéndola sentir más viva que nunca. Un calor interno la invadió, las piernas le temblaban, y vio a aquel sujeto parado frente a ella que la examinaba con la mirada. Su mirada era intensa, en gran parte ayudada por sus cejas espesas y el azul glacial de sus ojos. Su cabello negro como un misterio nuevamente estaba inmaculadamente peinado y en su mandíbula cuadrada, veía con atención una boca que buscaba a la suya.
No necesitaron ponerse de acuerdo para saber lo que querían. Como dos animales se lanzaron uno sobre el otro y se besaron con una pasión que calentaba la habitación y derretía las barreras entre ellos. Él comenzó a desvestirse de la bata y los guantes, de todas esas capas de ropa que cubrían la desnudez de su verdadero ser. Ella se despojó del vestido, pero permanecía más roja que nunca.
Sus alientos se aceleraron y sus pupilas se dilataron mientras él la arrojaba sobre la mesa y con sus manos, recorría su anatomía perfecta sin necesidad de cuchillos. Sus senos firmes recibían especial atención mientras su boca se deslizaba lentamente hacia abajo y su lengua probaba el elixir de esa mezcla de sudor y sangre. Lento, como él sabía hacerlo.
Ella gemía complacida, con sus uñas arañaba su espalda y con su boca mordía su cuello como si quisiera arrancárselo. Sus muslos temblaban y se movía con una gracia salvaje y desenfrenada. Gritaba, rugía y lo miraba directo a los ojos, tomando los despojos del corazón destrozado en el suelo y embadurnando con él su pecho de hielo que ardía en ese momento. Lo apretaba contra la mesa y saltaba sobre él con una furia que lo hacía poner las más cómicas muecas de placer. Rápido, como ella sabía hacerlo.
Terminaron exhaustos, acostados sobre la mesa abrazados como un solo cuerpo, con la botella de vino vacía en el suelo junto a los restos de corazón, tripas y sangre. Habían extasiado sus sentidos con los placeres de la carne, y ahora descansaban sabiendo que en unas horas, saldría el sol, y los amantes sangrientos volverían a las rutinas de sus vidas, a sus trabajos estables y su familia, su casa llena de comodidades. No volverían a hablar sobre lo ocurrido tras las paredes de esa cabaña hasta el año siguiente.
-          - Feliz aniversario, cariño. Te amo – dijo él besando con ternura su frente
  -Feliz aniversario, mi vida. Yo te amo más. – respondió ella acurrucándose más en él,  quedando plácidamente dormida.

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