domingo, 1 de noviembre de 2015

Ocúltate bajo las sábanas

         


      Era una noche fría y oscura como las otras, de esas en las que cuando eras niño te rehusabas a ir a la cama porque sabías que algo malo podría pasar. En medio de esa noche fría y oscura el pequeño Pablito se resistía con todas sus fuerzas a dormir, presa del pánico que comenzaba a alojarse desde ya en su subconsciente ante la expectativa de otra noche más solo en su habitación.
    Ni los cuentos antes de dormir de papá, ni las promesas de mantener la luz encendida para ahuyentar a los monstruos parecían tranquilizarle, y por el contrario, su padre era quien ya empezaba a perder la paciencia y pronto las negociaciones se tornaron en firmes amenazas de castigarle si no colaboraba y se iba a dormir como, se supone, hacían los niños buenos. Pablito podía tener apenas siete años, pero no era ningún tonto: sabía que en cuanto se hallase profundamente dormido, alguno de sus padres se acercaría a su cuarto y apagaría las luces para después cerrar la puerta y sería entonces cuando ESO haría su aparición en medio de la oscuridad. Ya había ocurrido en varias oportunidades y aunque su intelecto infantil aún no estaba en capacidad de razonar una posible solución para el problema, sabía que debía a toda costa evitar dormirse solo esa noche. Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano pues por más que lloró, hizo berrinches y rezongó, al final fue la oportuna intervención de mamá la que hizo, en medio de un canciones de cuna y caricias en el cabello, que el  pobre Pablito cediera al peso de su cansancio y sucumbiera ante los brazos de Morfeo.
            Fue cuestión de dos, quizás tres horas para que se cumpliera eso que temía que pasara: Apagadas todas las luces, sus padres se fueron a dormir y la casa entera quedó sumida en un silencio de ultratumba. Los muebles comenzaron a delinear sus contornos lúgubres y macabros casi como animales amenazantes, acechando en cada esquina listos para atacar por la espalda  en cualquier instante; en el cuarto de Pablito, el paisaje no era mucho mejor pues las sombras de los juguetes sobre el suelo se encogían o agrandaban según el capricho de los tenues rayos de luz que entraban por la ventana cuya reja dibujaba la oscura silueta de sus barrotes que se proyectaban sobre la pared, y en medio de la penumbra, esta adquiría un tono grisáceo como el de las películas blanco y negro.
            Un ruido de un vehículo lejano se escapaba turbando la quietud del lugar, que con excepción del sonido monótono de los grillos afuera, era callado, muy, muy callado. Fue entonces cuando Pablito, aún bajo el más profundo sueño, comenzó a presentir mediante su subconsciente despierto, que aquel aterrador acosador de la noche estaba allí en su cuarto. Podía sentir cómo disminuía la temperatura y el aire a su alrededor se hacía cada vez más pesado hasta el punto de presionar sus pulmones y costarle exhalar, él se encontraba como en una especie de estado de parálisis en la cual su mente le jugaba todo tipo de cosas en su cabeza, una de ellas, era una imagen de sí mismo durmiendo en su cama y que veía desde un plano como aéreo. Allí tenía una vista completa de su cuarto y de todo lo que allí ocurría, podía ver como en la esquina más oscura ESO comenzaba a cobrar forma ante sus atónitos ojos, como una energía extraña y maligna se materializaba en aquel rincón estirando sus extremidades cuan tentáculos que finalizaban en manos negras de dedos puntiagudos mientras parecía crecer a un ritmo lento pero continuado.
            Pronto tomó la forma de una figura que aún estando apoyada sobre seis de estas extremidades, era muy alto con las otras cuatro que le quedaban libres; su cuerpo parecía hecho de la oscuridad misma solidificada, y en su cabeza, se suspendía un cráneo con una cornamenta de ciervo en cuyas cuencas de sus ojos vacíos sólo emitía un pequeño y tenue resplandor como el de una lucecita de led roja. El extraño ser permaneció un rato allí en el rincón, observando fijamente la cama donde Pablito también podía verse a sí mismo durmiendo, todo se volvía más frío y pesado, y tras unos segundos increíblemente tensos, dio un paso adelante y comenzó a moverse despacio hacia él, moviendo sus extremidades como un ciempiés.
            Pablito lo veía sin saber qué hacer, quería gritar pero su garganta era incapaz de producir sonido alguno, sólo lo veía venir con su paso arrastrado...
-¡Ey, ey! ¡Despierta!
            Pablito volvió como un relámpago a su cuerpo y abriendo instantáneamente los ojos, comprendió que estaba de nuevo en la realidad. Sólo que ESO seguía allí caminando hacia él. Y era muy real.
- ¡Rápido, ocúltate bajo las sábanas!
            Pablito obedeció e inmediatamente cubrió su cabeza con su cobija. El ser con cuernos de ciervo se detuvo en seco y torció su cabeza confundido como si de pronto Pablito se hubiera hecho invisible. Estaba increíblemente asustado y de sus ojitos aguados corrían dos hilos de lágrimas aunque realizaba grandes esfuerzos por no llorar. Todas las noches desde hacía un mes que ESO llevaba apareciendo en su habitación, siempre en esa esquina, inmóvil viéndolo como una presencia, pero esta era la primera vez que se manifestaba de forma sólida y completa, también era la primera vez que se movía y ahora iba por él.
-¿Qué voy a hacer ahora? – decía Pablito entre sollozos
-  Tranquilo, esto ya ha pasado varias veces antes, solo debes actuar como siempre
- Pero jamás se había movido... ¡Ahora está dando vueltas alrededor de mi cama!
- Bueno sí, debo reconocer que esto es algo bastante inusual...
-¡Quiero a mi mamá!- Pablito abrazaba fuertemente su oso de peluche con la voz quebrada
- Excelente idea, cuando el monstruo se distraiga, salimos corriendo con tus padres, ellos son una buena barrera contra cosas como esa.
            Pablito podía ver a través de la tela de la sábana al monstruo de los cuernos de ciervo dando rondas por la habitación, como a la expectativa de algo que pacientemente esperaba, de vez en cuando daba la espalda a la cama y era entonces cuando Pablito trataba de reunir el coraje suficiente para levantarse y salir corriendo a todo dar. No sabía qué tan rápida era esa cosa, ni si el plan de su amigo funcionaría; debía calcular muy bien cada movimiento, y ser tan veloz como sus cortas piernas le permitieran. Pablito sudaba frío, apretaba su osito contra su pecho conteniendo la respiración cada vez que el monstruo se acercaba a la cama, atento a todos sus movimientos, y fue entonces, en una de las oportunidades en las que se alejó, que escuchó la orden que le exclamaba:
- ¡Hazlo ahora!
            Sin pensarlo, por pura inercia, Pablito se quitó la sábana de encima, bajó de la cama con el salto más largo que pudo realizar, y como una fugaz centella abrió la puerta antes que el monstruo pudiera voltearse y corrió hasta la puerta del cuarto de sus padres que para su suerte, se encontraba justo al frente de la suya. Tocó como un desquiciado hasta que la puerta se abrió y su padre salió a su encuentro alertado por el escándalo aunque todavía un poco soñoliento.
- ¡Hijo! ¿Qué pasó?
- ¡Es él papá! ¡Volvió otra vez y ahora tiene unos cuernos enormes y está caminando por el cuarto!- lloraba el niño ya a lágrima viva, abrazando la pierna de su padre.
            El padre abrió bastante los ojos ante la conmoción tan grande de su hijo, pero luego suspiró profundamente repitiendo lo mismo de cada noche
- Hijo, ya hablamos de esto con el psicólogo, debes aprender que por más feas que sean tus pesadillas, no son reales, sólo viven dentro de tu cabeza.
-¡Pero esta vez es real, papá!-exclamó el niño señalando la puerta de su cuarto
- ¿Te parece si vamos a ver?
- ¡NO!-  suplicaba- ¿Y si todavía está allí?
            El padre trató de calmarlo, y para demostrarle que todo era producto de su imaginación, se dirigió lentamente hacia el cuarto fingiendo precaución, como si quiera tomar al monstruo por sorpresa, y al llegar al umbral de la habitación, encendió la luz entrando con un salto un tanto sobreactuado.
-¡Ajá! – efectivamente, el cuarto se encontraba vacío como era de esperar, ni una sola señal del ser con cuernos de ciervo por ninguna parte.
            Pablito todavía veía con cierto recelo a su alrededor, y su padre se percató de ello pues en seguida se acercó a él y batiendo cariñosamente su cabello, le propuso:
- ¿Te parece si sólo por esta vez, duermes con nosotros hoy?
             Él accedió y nuevamente abrazó a su padre quien para animarlo le cargó y lo llevó a la habitación simulando ser un cohete en el espacio. Ninguno de los dos se dio cuenta cuando apagaron la luz, que ESO jamás se había ido, y estaba parado nuevamente en su rincón, esta vez viendo hacia la puerta.
            Su madre les esperaba despierta en la cama, y al Pablito acostarse a su lado, lo rodeó con sus brazos y nuevamente retomó su trabajo de acariciar uno a uno sus cabellos mientras le cantaba suaves canciones de cuna. Pablito ya se encontraba medio dormido en su regazo, cuando su padre volvió a apagar las luces, miraron juntos a su hijo y luego se dirigieron mutuamente una mirada de preocupación antes de acomodarlo en el medio de la cama y cada uno por su lado, acostarse a dormir.
- Pssst... Pssst...
            Dormía tan plácidamente que ignoró el llamado las primeras 3 veces.
-¡Hey, Pablito, despierta!
            Pablito entreabrió un poco los ojos con pesadez y arrastrando del sueño cada palabra refunfuñó:
- ¿Qué quieres?
- Escucha...
            Agudizó el oído y pudo escuchar el sonido del picaporte de la puerta moviéndose, luego, un imperceptible chirrido en las bisagras abriéndose. En medio de la oscuridad pudo ver dificultosamente asomarse un cuerno dentro de la alcoba, seguido por unos dedos largos, flacos y puntiagudos que penetraban en el espacio y un cráneo cuya luz rojiza en las cuencas de sus ojos se movía rápidamente examinándolo todo y claramente, buscándolo.
-Ya sabes qué hacer, metete bajo la sábana- alcanzó a escuchar Pablito quien nuevamente era presa del miedo, por lo que sin pensarlo mucho obedeció, quedándose allí en posición fetal, abrazando su oso con fuerza. Sintió a su padre moverse un poco y consideró fuertemente la idea de despertarlo, pero en seguida notó que el monstruo no estaba moviéndose, y en cambio, se había quedado allí con medio cuerpo asomado por la puerta, viendo fijamente hacia la cama como en los primeros días de su aparición. Recordó lo que le habían dicho: “los padres son una buena barrera contra cosas como esa”. En cierta forma eso lo tranquilizaba y le hacía sentir más seguro. Tenía a su madre a su derecha y a su padre a la izquierda, rodeándolo como las murallas de un castillo y brindándole toda la protección que necesitaba. Con ellos allí, el monstruo de los cuernos de ciervo ni siquiera podía acercársele, y ya ni siquiera sentía el frío en el aire ni la presión en sus pulmones, pues allí dentro sus padres le daban calor y comodidad. Definitivamente debía haber hecho esto desde la primera vez que apareció, y se habría ahorrado muchas noches en vela por el miedo, incluso quien sabe, quizás ahora el monstruo ahora lo dejaría en paz sabiendo que mientras tuviera a sus padres cerca y una sábana bajo su cabeza, jamás podría tocarlo.
            Sin darse cuenta, había vuelto a quedarse dormido así, con una pequeña sonrisita en su carita y a su oso bajo el brazo. Había ganado, y ESO esa noche no había podido molestarlo.
            A la mañana siguiente, Pablito despertó algo confundido, en parte de tanto haber dormido, y en parte por los rayos de luz que se filtraban indicando que ya estaba bastante avanzada la mañana, eso le extrañaba bastante pues sus padres solían levantarlo bien temprano para ir al colegio y ellos al trabajo, pero por lo que veía también estaban dormidos. Se desperezó y quitándose la sábana de encima vio el nuevo día que entraba por la ventana. La puerta en la que ESO había pasado toda la noche asomado se encontraba entreabierta aunque eso ya no importaba, el sol había salido y Pablito se sentía de muy buen humor por lo que se dio la vuelta para despertar a su mamá y así bajar todos juntos a desayunar, pero su mamá no reaccionaba. Intentó con sacudirla, pero tampoco funcionaba.
-¿Mami? -repetía el niño ya un poco alterado pues estaba fría y algo pesada, cuando en uno de sus sacudones, logró voltearla y al quedar boca arriba, el niño lanzó un grito ahogado cayendo a sus espaldas sobre su padre, cuyo cuerpo en seguida rodó por el borde de la cama para caer sobre el suelo. Ambos estaban blancos y tenían la misma expresión pavorosa con los ojos bien abiertos y la mirada vacía, la misma mueca horrible en la boca que congelaba un último instante de terror tan repentino, que ni siquiera les dio tiempo de gritar y se quedaron a media reacción. Estaban tan tiesos como muñecos e incluso unas pocas venas azuladas se divisaban cerca de sus sienes. 
     Sólo alcanzó a escucharse un grito agudo y desgarrador que alertó a todos los vecinos. Lo encontraron aún en la cama, escondido bajo la sábana abrazando una almohada pues ya no encontraba a su oso de peluche; jamás volvió a decir una sola palabra, pero cada noche recordaba entre gritos y sudor frío al monstruo de los cuernos de ciervo acechándolo en sus pesadillas, por más que nunca volvió a dormir sin una luz encendida.
            Era una noche oscura y de tormenta, y sobre una cama llena de calcomanías, Laurita dormía tranquilamente a pesar de los ruidos extraños que producía la lluvia al golpear la ventana y la madera al crujir por toda la casa, el aire alrededor de ella se tornaba frío y pesado al punto que su asma se disparaba un poco y le costaba algo respirar. Bajo su brazo una muñeca de trapo ve la sombra que comienza a formarse lentamente en un rincón oscuro, con unos ojos rojos como leds que se dirigen fijamente hacia ellas.
- Laura, ¡Ey!, Laura...
-¿Qué, qué pasa?
- No quiero asustarte, pero necesito rápidamente que te ocultes bajo las sábanas...


FIN.


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