Hace 25
años, si se preguntaba a cualquier persona cuál era el principal medio de comunicación masiva existente, fácilmente la
respuesta habría alternado entre cualquiera de los 3 gigantes informativos de
la época: La prensa escrita, la radio y la televisión.
Hoy en día el panorama parece ser
completamente diferente. Vivimos en un mundo donde los medios digitales se han
impuesto, brindando un sinnúmero de nuevas herramientas con las cuales las
generaciones pasadas no habrían tan siquiera imaginado. Bajo este contexto,
surge el periodismo digital, que no es más que un avance evolutivo dentro de la
comunicación. Como lo definiera Luis Barrera Linares: “Un ángel que viaja a la
velocidad de la luz”, por la capacidad que tienen estos medios de transmitir
información en tiempo real mientras que los tradicionales todavía dependen de
largos procesos creativos que hacen a sus contenidos obsoletos en un mundo
donde aún no se termina de digerir una noticia, cuando ya queda en el pasado.
Esto hace fácil suponer que el fin
de los medios tradicionales es más que inminente, especialmente para la prensa
escrita, que ya antes había perdido la carrera de la inmediatez frente a sus
pares audiovisuales; incluso hay expertos que ya les ponen fecha de defunción
para 2020 –los más optimistas, para 2043-. Es entonces en esta lucha entre lo
nuevo y lo viejo que se plantea el debate sobre si vale la pena continuar con
aquel arte olvidado de la palabra mecanografiada, o lanzarse de lleno a ese
novedoso y cambiante mundo de las redes cibernéticas.
Si bien es cierto que el periodismo
digital está basado fundamentalmente en los conceptos y principios básicos
empleados por sus antecesores, éste se diferencia en cuanto al estilo y
estructura pues, mientras los medios impresos mantienen sus formatos
convencionales asociados a la diagramación, con textos extensos y restricciones
de espacio a un cierto número de columnas y caracteres; la redacción web va más
allá de las limitaciones físicas del papel, al permitir una mayor cantidad de
recursos como imágenes, vídeos, infografías, o enlaces a páginas de interés,
aunque esto muchas veces signifique sacrificar la complejidad con que se
escribe en función de usar un lenguaje amigable con el público y favorecer más
lo visual. Al final, “una imagen dice más que mil palabras”.
Cada uno a su
manera
A su favor, el internet cuenta con
la ventaja de la mencionada inmediatez informativa. Permite conectar lugares
remotos que antes parecían tan lejanos y hacer que un vídeo gracioso publicado
en Japón, en menos de una hora sea tendencia en EE.UU, o que una campaña de
ayuda a los refugiados sirios dé la vuelta al globo en todos los idiomas con
tan sólo presionar el ratón.
En el plano periodístico, aplicaciones como Periscope, que sirven para realizar transmisiones en vivo,
sirvieron para capturar los casos de abusos policiales que dieron origen al
movimiento Black lives matter, y
registraron muchos de los disturbios derivados de éstos; también en las
protestas que sacudieron a Venezuela en 2014, las redes sociales jugaron un
papel fundamental, en especial Twitter,
que fue clave ante la autocensura de los medios convencionales.
Bien empleados, los medios digitales y las
redes sociales pueden convertirse en verdaderos instrumentos para la
democratización de la información, pues no pasan por los rigurosos controles de
una línea editorial. Sin tantas restricciones y con la participación activa de
los usuarios que pueden reportar directamente lo que ocurre en sus comunidades,
se ejerce el periodismo ciudadano en su máxima expresión. No obstante, así como
la libertad es una ventaja, también puede considerarse un problema dado el
excesivo flujo informativo que muchas veces satura internet de noticias basura.
Otro problema gravísimo son las páginas dedicadas a publicar informaciones
falsas, tergiversadas o rumores, las cuales terminan colando en la opinión
pública debido a la poca capacidad que tiene el individuo moderno de analizar e
investigar las fuentes, en parte consecuencia de la misma saturación de
contenidos a la que se expone y la fugacidad de su vida útil en el espacio
público.
Por su parte, los medios tradicionales cuentan
con la experiencia de los años para mantener su posición de respeto y
fiabilidad dentro de la población, pues a diferencia del internet, las noticias
que se publican en los periódicos usualmente se encuentran ya confirmadas por
equipos de periodistas que pueden probar –con algunas excepciones- su
veracidad. Esto convierte a los periódicos en fuentes confiables de información
y les da un nuevo papel en la actualidad, pues una vez pasada la conmoción de
los eventos, sirven para recopilar todos los datos clave de lo ocurrido y dar
un reporte completo de los hechos que permite interpretarlos con mayor
detenimiento.
Así, mientras en las plataformas digitales se
mueve todo el flujo informativo, el medio impreso se encarga de recoger,
desglosar, sintetizar y contextualizar apropiadamente su contenido para llegar
a todos los sectores de la población, especialmente aquellos con poco acceso a
internet.
El periodismo no está muerto
Muy al contrario de lo que dicen los
expertos, la profesora Sonia Blanco de la Universidad de Málaga asegura que muy
dudosamente los medios de comunicación tradicionales desaparezcan, pero
necesitarán afrontar un drástico proceso de reconversión para poder adaptarse a
los nuevos tiempos. En las últimas dos décadas, se ha visto cómo los grandes
medios se renovaron al sacar sus versiones web: la mayoría de los periódicos
como The
New York Times, El Nacional, Últimas
Noticias o El Universal, ahora emplean herramientas digitales para
mantenerse en la lucha por la exclusiva e informar con rapidez, pero siempre
guardando para su versión en papel, la extensión de la noticia explicada con
todos sus pormenores, y en el caso de los canales audiovisuales como CNN, la BBC, Globovisión cuentan
con portales digitales donde no solo se puede consultar su programación, sino
que muestran de forma escrita las noticias.
En el ámbito local, hemos tenido una
suerte de ensayo sobre esta renovación de los medios. Con la crisis del papel, muchos
periódicos se han visto obligados a migrar forzosamente al medio digital. La
censura ha hecho surgir canales de Youtube
y servicios de streaming, como es el
caso de VivoPlay y más recientemente, Capitolio TV, los cuales no tendrían
cabida por su línea en una televisión venezolana cada vez más amordazada. Incluso
páginas nacidas totalmente en el seno de la web han tomado la bandera del
periodismo en estos tiempos difíciles, y sin estar escritos en tinta, mantienen
el mismo espíritu de investigación, redacción y demás características de sus
predecesores.
Aunque parece que en este siglo XXI la tecnología haya ganado en todos los espacios de la vida diaria, no hay que relegar el rol del periodismo tradicional a la hora de informar. Se debe asumir que, como ha ocurrido a lo largo de la historia, los medios se transforman y se adaptan a las nuevas circunstancias, adoptan las distintas herramientas que el tiempo le proporcione. Así fue con la llegada del telégrafo hace más de 100 años, igual con la radio, la televisión o los teléfonos celulares; cada uno contribuye enormemente en ampliar los horizontes de la comunicación y ayuda a millones de periodistas a lo largo de generaciones a ejercer su labor. Es entonces el internet, con su fenómeno del periodismo digital, un eslabón más en la cadena de la evolución comunicacional, con sus ventajas y defectos, un instrumento de invaluable utilidad si se sabe usar con responsabilidad, por lo que de esta contienda no hay ganador, sino más bien una invitación a encontrar el punto de convergencia donde ambos puedan coexistir y que el auge de uno no necesariamente deba representar la extinción del otro.



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