(Basada en la leyenda venezolana)
Quizás hayas escuchado hablar alguna vez sobre las Ánimas
del Purgatorio, espíritus que vagan en un plano existencial donde no hay cielo
ni infierno, donde el peso de sus vidas pasadas les da un destino incierto en
el que, sin acciones nobles ni pecados mortales, no pueden hallar la paz ni la
tan anhelada luz al final del túnel. Son sumamente conocidos tanto en Venezuela
como en el resto de Latinoamérica, especialmente en las zonas rurales donde
muchos son venerados, pues se dice, tienen la capacidad de conceder favores a
sus seguidores siempre y cuando estos les ayuden a ellos a cruzar el umbral de
la muerte, intercediendo a través de sus rezos o mediante algún rosario.
El trato
es simple, sólo basta con encender cierta cantidad de velas en el altar de la
casa durante un plazo previamente acordado, y en una manera, a veces milagrosa,
se obtiene la ayuda solicitada; esto nos lleva a nuestra historia, ocurrida
hace no muchos años en un sector popular de la ciudad de Caracas, una zona muy
antigua de casones señoriales; donde la superstición se mezcla con la fe y las
costumbres religiosas, dando lugar a un sinnúmero de relatos contados entre la
realidad y la leyenda, y donde el realismo mágico tan característico en la
historia de nuestros pueblos latinos renace y florece en un conglomerado de
supersticiones y fantasía, en pleno corazón de la capital venezolana.
Allí
mismo, en esa zona detenida en el tiempo, conocida como La Pastora, vivía Doña
Teresa, una mujer ya bien entrada en sus cuarentas que, como la mayoría de
señoras de su clase, era fiel creyente de todos esos cuentos y tradiciones que
formaban parte de su idiosincrasia criolla, incluidas las ánimas, las cuales si
bien no figuraban a menudo en su devocionario personal, eran una solución
bastante irresistible para sus problemas económicos como para dejarlos pasar;
vivían tiempos duros y, para una madre divorciada como ella, el pasar del día
era una acumulación constante de deudas y más deudas que la tenían hasta el
cuello, así una noche a bien pasadas las horas, en la intimidad de su
habitación se colocó de rodillas y, poniéndose lista en la posición para orar,
se dispuso a pedirle con el corazón en mano “una ayudaíta” a las ánimas para
poder salir de todas estas calamidades que sufría por su falta de dinero; el
acuerdo, cuatro velas encendidas durante todo el mes; parecía algo razonable y,
sinceramente, ya había agotado todos los medios para solventar su difícil
problema, estaba desesperada y tenía bocas que alimentar, así que entregó toda
su confianza en su fe, al fin y al cabo, ya no le quedaba nada por perder.
Pasaron los días y, cuando Teresa por fin daba por
acabada sus esperanzas, recibió una llamada que, por primera vez en mucho
tiempo, le había esbozado una enorme y sincera sonrisa en su rostro: le
llamaban de un tribunal para informarle que habían fallado en su favor en un
antiguo juicio contra su exmarido y que ella creía era caso enterrado, ahora él
no sólo debía aumentar la pensión alimentaria que les enviaba, sino que además
incluía una jugosa compensación monetaria que, sin ninguna duda, era la
solución para todas sus deudas; o por lo menos, de gran parte de ellas. Apenas
colgó, salió corriendo hacia el pequeño altar que había en un rincón de la
sala, abrió la gaveta de un mueble cercano, y fósforo en mano, encendió uno a
uno los cuatro velones blancos que con mucho cuidado había colocado entre sus
estatuillas de la virgen y estampillas religiosas, se persignó, y con lágrimas
de felicidad corriéndole por las enrojecidas mejillas, dio las gracias desde lo
más profundo de su ser y queriendo con esto cumplir su parte del trato e
interceder por ellos en su camino para encontrar la paz.
Siguieron pasando los días y como devota cristiana que
era, mantuvo su promesa la mayor cantidad de tiempo que pudo, hasta que uno de
los cuatro velones se extinguió por completo, y aunque se había hecho a sí
misma la nota mental para comprar otra, tenía otras ocupaciones más importantes
que cumplir; entre el trabajo, las cuentas que estaba pagando todavía, el
colegio de los niños y las demás tareas del hogar, estuvo tan ocupada que ya
para el final de la tarde había olvidado su recado. Era un descuido normal, a
cualquiera le hubiera ocurrido, era tan sólo un detalle insignificante fácil de
pasar por alto, pero no para las ánimas
del purgatorio, pues si algo también se conoce de estos espíritus en pena, es
que son sumamente vengativos y rencorosos con aquellos que incumplen con el trato,
incluso una nimiedad como una vela faltante era capaz de hacer erupcionar toda
oscuridad, maldad y locura de estos seres quienes desatan con ira cruel e
implacable su castigo sobre sus deudores.
La noche siguiente Teresa regresaba agotada de su trabajo
como siempre, ya era bastante tarde y la calle se encontraba solitaria; las
aceras, apenas si eran iluminadas a tramos por los faroles; ni un ruido más
allá que el de los grillos y el frío penetrante que bajaba del Ávila le
obligaba a cerrarse el suéter mientras apuraba el paso para llegar lo más
rápido posible a su hogar. Su cerebro se mantenía alerta ante
cualquier cosa sospechosa que viera, esto como un mecanismo natural ante la
creciente inseguridad que azotaba la zona, y con una sensación recorriendo su
cuerpo de que algo o alguien iba tras de ella, esta alarma se hizo más sensible
todavía. Temiendo ser interceptada por alguna pandilla o delincuente, sujetó su
bolso con fuerza y aceleró aún más hasta el punto de sentirse casi trotando; ya
divisaba su casa a lo lejos entre todas las demás que tomaban un aspecto
lúgubre y sombrío en la oscuridad de la noche con sus grandes ventanas de
madera y sus rejas puntiagudas de hierro forjado; jadeante ya del esfuerzo,
tomó el valor de voltear sólo para percatarse de que no había nada tras de
ella; la calle empinada lucía tan solitaria que no se veía ni un alma, pero al
volver la cabeza y avanzar hacia la puerta, vio algo que le heló la sangre y
casi le hizo soltar las llaves que había sacado metros atrás: frente a ella, se
encontraba su padre, su Taita.
Él había fallecido hace algún tiempo ya, dejando
en Teresa un vacío enorme pues le tenía un cariño grandísimo y verlo allí
plantado en las escaleras de la entrada, era una imagen que no sólo la
perturbaba, sino que también le traía recuerdos y nostalgia, además del placer
de volver a verlo; restregó sus ojos como queriendo caer en que era una jugada
de su cansancio, pero la aparición seguía allí, así que persignándose se le
acercó lentamente con precaución, mientras que la figura, vestida de guayabera
y sombrero le sonreía tranquilamente, con esa mirada serena, dulce y paternal
que la invitaba a tranquilizarse. – Hija mía, ¡cuánto tiempo ha pasado!, no
sabes lo mucho que te he extrañado y he querido verte- le decía su taita
mientras ella, abnegada en lágrimas extendía sus brazos para abrazarlo, la
figura hizo gesto que no, que sería mejor pasar y tener esa última conversación
que jamás pudieron tener debido a lo repentino que fue su muerte, y abriendo la
puerta se dejó llevar por la emoción -¡Tengo tantas cosas que contarte!, ¡Ay
taita, que felicidad que te aparecieras!
Sin embargo, no había terminado de pasar por la puerta cuando un ruido
seco retumbó en sus oídos y la figura de su taita se convirtió en un enorme
velo negro que comenzó a recorrer por toda la casa, volando a una velocidad
increíble, el susto no se hizo esperar y emitió un agudo grito pegándose a la
pared mientras el ente revoloteaba al ras del techo produciendo un viento
ligeramente huracanado que derribaba estanterías, adornos y cuadros; - Has
faltado a tu promesa, has incumplido tu deuda con nosotros y ahora tendrás que
pagarla- exclamaba la sombra con una voz grave y múltiple, como si varias
personas hablasen al unísono, esta sombra atravesó el pasillo y se metió en los
cuartos desordenando todo a su paso, en la habitación, los niños gritaban en sus
camas; el más pequeño - de unos 9 o 10 años- lloraba a lágrima suelta mientras
el más grande, de 14, lo abrazaba en un intento de calmarle aunque él mismo
temblaba preso del pánico.
Teresa aferrada a su crucifijo trataba de rezar
aunque las palabras difícilmente le salían en forma de balbuceos tartamudos por
el nudo que se le había hecho en la garganta, trataba de implorar misericordia
pero cada vez que pronunciaba una palabra el ser volvía, y con una fuerza
estrépita le golpeaba como un camión arrollando todo en su camino, -¡Pero si yo
encendí las velas como les prometí!, ¡No sé por qué me están haciendo todo
esto!- gritaba con la voz quebrada mientras el delineador se escurría por su
rostro, -¡Por favor, tengan piedad!-
- ¡Nada de piedad!- le
contestaban las voces- Tu ofrenda desde ayer se encuentra incompleta, ¿O has
creído que puedes timar a las Ánimas con semejantes excusas? Debes cumplir tu
promesa o pagar por tu falta…
En efecto, era la vela faltante la causante
de todo este meollo, y corriendo hacia la cocina, Teresa se dispuso a buscar
frenéticamente la susodicha vela abriendo cajones y gavetas en su búsqueda, sus
jadeos y sollozos eran solamente ahogados por el sonido de muebles y objetos
cayendo en el piso en medio del huracán que se había formado en la sala, y del
llanto de los niños que traumatizados llamaban a gritos a su madre, por fin,
apareció en uno de los cajones una diminuta vela de cumpleaños que había
guardado y rezando por que funcionara, arrancó hacia la sala aunque no necesitó
de mucho movimiento, pues la sombra, con forma de un velo negro traslúcido de
apariencia vaporosa, le tomó por los tobillos y la arrastró por el suelo como a
un trapo viejo y la lanzó en el centro de un desastre de vidrios rotos y
adornos de porcelana destrozados donde, con suma violencia, la levantó y llevó
a empujones hacia el pequeño altar que permanecía intacto a pesar de todo el
pandemónium que le rodeaba.
Teresa tomó la cajetilla de fósforos y con un pulso
bastante tembloroso hizo varios intentos por encender la vela hasta que
finalmente lo logró, y haciendo esfuerzos para que no se le apagara entre la
fuerte ventisca y los sacudones que la sombra le profería, colocó la velita de
cumpleaños entre los velones que aún alumbraban, y así tan repentino como
ocurrió; todo el viento, la sombra y el caos desaparecieron como un relámpago
que fugazmente se desvanece en medio de la tormenta, todo volvía a estar en un
silencio sólo corrompido por el tenue sonido de la noche y una calma se
apoderó de la casa como la paz después
de una sangrienta batalla.
Teresa cayó de rodillas agarrando con toda la fuerza
de su mano el Cristo del crucifijo, mientras su piel pálida volvía a retomar
lentamente su color natural, con los escalofríos propios de la adrenalina
todavía fluyendo por su cuerpo. Sus hijos salieron corriendo y la abrazaron
sollozantes; y permanecieron allí, durante un buen rato, sin que nadie dijera
ni una sola palabra más que contemplar con la mirada perdida, absortos en el
desastre que había en toda la casa. Al día siguiente Teresa no fue al trabajo,
dedicó el día completo a arreglar todo el destrozo, enclaustrándose ante las
miradas curiosas de los vecinos que se acercaban a preguntar por el escándalo que
había ocurrido anoche, y sin contestar a ninguno, evadió el tema aunque si algo
se hizo común en esa casa a partir de ese día, es que Teresa siguió encendiendo
sus cuatro velas diaria y devotamente, aunque ya pasara hace mucho el mes
acordado en su promesa.
Nota: Esta historia es de mi autoría; sin embargo el concepto original de la misma esta basada y adaptada a partir de la leyenda “El
ánima sola”, encontrada en este sitio web: http://mitosleyendasdevenezuela.blogspot.com/ y de todos los cuentos orales
transmitidos en la cultura venezolana. ¡Gracias por leer!
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