Suena el pitido que anuncia el cierre de puertas del tren. Con una lentitud que ya se ha hecho emblema de la línea 2 del metro, las ruedas se mueven como pidiendo perdón. Adentro, la gente entra en una somnolencia que casi consume el alma. Algunos optan por conversar con el del asiento de al lado. "Ayer conseguí pasta en el Madeirense" presume una señora con orgullo, pues conseguir los productos más básicos se ha convertido en una epopeya homérica que merece ser contada.
Una ventaja de quedarse en una estación terminal, es la capacidad de ver cómo el vagón va vaciándose con el paso de cada estación hasta el milagroso- y ciertamente inusual- momento de poder sentarse sin culpa aunque sea por un breve instante. A pesar de los asientos vacíos, hay una figura que permanece de pie en el centro del pasillo. "Ya va a empezar este a pedir" seguro piensan algunos, o esperan el momento en que saque de la bolsa de plástico bajo su brazo alguna chupeta o chuchería para vender. Sin embargo, sólo saca una botella de agua para beber, y es que para la gran mayoría de los usuarios regulares él ya es un personaje conocido.
Tenía tiempo sin presentarse por esos lares, por lo menos desde que despegó su carrera musical tras aparecer en un reconocido show de talentos imitando prolijamente a un ícono de la salsa. Por aquel entonces, era todo un personaje que amenizaba los viajes largos con sus lentes de sol y el cabello peinado hacia atrás. Hasta remataba el acto con un micrófono y una cornetica que ya no se daba abasto para la acústica, y más de una vez, hizo a los usuarios chocar las palmas al ritmo de sus más sonadas canciones.
Pero esta vez no tenía el micro, y estaba fuera de su personaje.
Ya no canta salsa brava. Con una parsimonia de voz y movimientos que asemejan al tren, un Lamento Bolivariano de Reynado Armas suena como una meditación personal en un tono, ya no de su característica energía, sino más melancólica, como de Felipe Pirela. Su canción hace a los presentes regresar a tiempos lejanos, idealizados tras la necesidad de afrontar el pesimismo de esta resaca petrolera.
"Yo no lo puedo admitir, que sigan robando, humillando, y hasta matando... ¿Qué dirá el Libertador?" canta el ahora trágico cantante mientras las caras largas se dejan ver en cada asiento, como una resignación colectiva a una realidad que cada vez oprime con más fuerza y un destino cada vez más incierto. El cantante va caminando, tomando agua, visiblemente más delgado de lo que se le puede recordar a pesar de aún mantener el mismo peinado hacia atrás y los rasgos faciales que evocan su personaje. Después de un tiempo desaparecido donde se habló de su efímero éxito en la televisión, su carrera cantando en fiestas privadas y hasta rumores de un disco que nunca se vio por ahí, esa tarde vuelve como en el reencuentro de un viejo grupo de rock, justo al escenario que lo vio nacer como artista, donde cosechó sus primeros fans y ganó su fama.
Sigue su canción crítica, que no deja de saber a profunda tristeza en cada melodía. Al terminar, unas 5 o 7 personas le aplauden. Los otros, aún demasiado abstraídos en sus propios mundos de problemas cotidianos. El cantante, sin sonreír, pasa recogiendo los billetes de 20 y de 5 que le van dejando aunque no falta el ocasional caritativo que le tiende uno 100 con la esperanza de deshacerse de él antes de que termine de descontinuarse definitivamente.
No se sabe si ese acto fue un hecho aislado o si habrá sido un resurgimiento de su profesión como artista de metro -sin dudas, mucho más rentable económicamente que la de muchos artistas de estudio- pero aquella tarde el personaje del salsero alegre y carismático de El Cantante prefirió cantar una melancólica llanera que sintonizó perfecto con todas las notas de esta sinfonía desafinada y discordante que se ha vuelto el país y el sentir de su gente, que ve como sus gobernantes se estancan en revivir las antiguas gestas independentistas cuando la verdadera batalla de hoy es contra la escasez, la violencia y la apatía.
El tren por fin llega al andén y antes de abrir la puerta, el cantante se pone a tararear las gaitas que suenan de ambiente a pesar de ya ser febrero. Quizás algún día vuelva a ponerse los lentes de sol y con la cornetica vieja, haga a todos aplaudirle como si su lamento de aquella tarde hubiera sido sólo una nota solitaria que quedó olvidada en una estación pasada.