El fundador del portal web Ficción Breve Venezolana y reconocido autor de varios libros, ha
sabido aprovechar la tecnología para llevar la literatura latinoamericana a la
era digital. Su vida se ha basado fundamentalmente en la escritura, la cual
considera un trabajo de más constancia que talento
Al ingresar a la Librería Lugar Común de Altamira, una brisa de frescura
invade los sentidos sin venir necesariamente del aire acondicionado. Montones
de libros se apilan en las estanterías blancas de este sitio de arquitectura
moderna, explayándose en géneros tan variopintos que van desde libros de artes
y fotografía hasta rarezas de segunda mano. Al fondo, una barra sirve cócteles
y café a los visitantes, que sentados en las mesas adyacentes a la vitrina
principal, pueden elegir entre leer o contemplar la vista de la plaza Francia de
Altamira con su típica congestión vehicular.
Gente de todos los tipos
pasea entre estantes ojeando los ejemplares mientras las chicas del local van
de aquí a allá revisando el inventario o acomodando libros. De fondo, suena una
música suave de guitarra que se hace envolvente y se mezcla con las charlas
casuales y las risas. En todo el ambiente se respira un aire que huele a
espíritu joven.
Al caer la tarde entra a
la tienda un personaje bastante peculiar. Ingresa con ese cómodo anonimato que
brinda la profesión del escritor en un país donde el hábito de la lectura no
está tan inculcado. Se detiene a saludar a cada dependienta y conversar con
ellas con la familiaridad de quien acaba de llegar a su casa. El espacio es bastante
reducido, pero no consigue problemas para sentarse en el sofá azul de un
rincón, entre una lámpara de metal dorado y una estantería de libros de
urbanismo, donde prosigue con total informalidad, como si se tratase de un
viejo conocido.
A simple vista, Héctor
Torres no aparenta sus 48 años de edad por la onda juvenil que emana de él con
su camisa de The Beatles, su bolso
cruzado y la argolla que cuelga de su oreja izquierda; pero le delatan las
canas de su cabello y las arrugas que tras sus lentes rodean sus ojos de mirada
tranquila, en sintonía con su forma de hablar pausada y de palabras
arrastradas.
Para él, toda su vida ha
sido un universo que ha girado en torno al oficio narrativo. La califica como
desordenada y azarosa por todas las vueltas que ha dado. De estudiar
informática en el ISUM, terminó ejerciendo un periodismo de forma coyuntural al
escribir semblanzas para la revista Clímax y vivir de la escritura con una
formación literaria meramente lectora. Jamás consideró estudiar ni Periodismo
ni Letras. Ve arte en lo cotidiano y afirma que la gente no dice ni el 10% de
lo que es por dentro, por lo que sus crónicas más que lo insólito, buscan la
función humana que hay más allá de todo.
Tiene una particular
visión de Dios y del universo, tentada por algunas visiones del budismo aunque
no sea practicante, donde lo más
importante es el aprender y servir. El paso del tiempo lo ha ido volviendo más
introvertido y cada vez duda más sobre todo y cada vez le interesa menos
imponer su opinión. Poco le importa lo que se pueda decir de él, ya que sólo
trata de hacer su trabajo con toda la honestidad del mundo.
Entre la montaña y la
escritura
Ya desde joven,
consideraba su vida desordenada. No fue un buen estudiante pues no se le daban
materias como la matemática, aunque ya entonces se inclinaba más por el
castellano y sociales. Siempre fue un poco introspectivo y amante de estar solo
y caminar, por lo que no echa de menos la vida de rumbas que caracterizó a
muchos jóvenes de finales de los 80s. Vivió desde los veintitantos hasta casi
los 30 en La Victoria, por lo que creció al margen de la movida caraqueña y más
bien pasó su adolescencia subiendo cerros con su hermano mayor, habiendo subido
con él el Pico Naiguatá con sólo 8 años y el Humboldt a sus 14.
De esos años de montañismo
e introspección adquirió los valores de la constancia y perseverancia que ha
caracterizado su labor profesional. Aplicó sus conocimientos en informática
para crear un portal sobre literatura aragüeña cuando la única página dedicada
a ese tipo de temática en toda Latinoamérica era Letralia. Lo dice con total modestia, con naturalidad a pesar de lo
significativo de esa, para entonces, innovadora idea.
De estas actividades
literarias, pudo conocer a su actual esposa, Lennis Rojas, con quien dirigió Ficción Breve y creó diversos premios y
concursos como el Premio de la Crítica. Ya había estado casado durante su
estancia en La Victoria, con la madre de su primer hijo con quien tuvo una
relación buena, aunque diferente. “Ella era de otro universo”. Con Lennis sí
comparte el mismo universo de intereses y afinidades, pues han trabajado juntos
desde que se conocen. Gozan de una gran comunicación y afecto, y no duda al
momento de decir que es como su alma gemela.
La naturaleza de su oficio
le ha dado una gran facilidad para atender los asuntos del hogar y mantenerlos
en equilibrio al laborar por su cuenta desde casa. Para él, su vida es un todo
de familia, trabajo y crecimientos particulares de 24 horas.
La literatura tatuada en la piel
Lleva en cada brazo tatuado los libros que han sido
más significativos para él. Primero se tatuó en el derecho la efigie de un bisonte
que representa a su primera novela, La
huella del Bisonte, la cual recuerda como una de sus mejores experiencias como
escritor por las giras de presentación con la editorial Norma y la sensación de
ver su obra en las librerías. En el izquierdo, lleva impregnada la portada de
su libro Caracas Muerde, la figura de
un perro masticando su propia cola. El tatuaje se lo hizo la mismísima artista
que pintó el ahora inexistente mural que inspiró dicha portada, como un regalo
por el libro. No descarta hacerse más en el futuro y que probablemente también
representen a algún libro.
Afirma que la competencia
es un alimento para la literatura, pues mientras más gente escriba, más
motivaciones se tienen para dar lo mejor de sí. Y la versatilidad también
parece ser de vital importancia para la actividad, pues ha incursionado en
todos los géneros narrativos: Cuentos, novelas y más recientemente, el guion,
el cual ha empleado para escribir diversos cortometrajes, así como ha trabajado
junto a Luis Alberto Lamata y Lucas García en la adaptación de Caracas Muerde para un largometraje.
¿Alguna vez le han rechazado
su trabajo de alguna editorial?
- Sí, cosa que agradezco muchísimo. Por ejemplo, mi editor actual,
Ulises Milla, es conmigo implacable. Con Objetos
no declarados, en 2 ocasiones me devolvió el manuscrito con observaciones.
Esos libros han sido mejores gracias a mi editor y esa relación es fundamental.
Yo no soy de esos que dice “A mí nadie me toca una coma” pues creo que el
editor hace un trabajo importante y si tu respetas a tu editor, como debe ser,
debes entender que es un trabajo entre dos.
Torres reconoce que deja
el pellejo en cada trabajo, llegándolo a revisar hasta 7 y 10 veces para
entregar el mejor libro posible, y esa pasión de dejar todo de sí en su obra
coincide con su visión acerca de la estrecha relación que hay entre el autor y
sus personajes. “Todo lo que se escribe es autobiográfico”.
¿Cree que siempre hay algo de
bohemio en el escritor?
- No lo sé. Yo no creo que en mi
caso sea nada bohemio, pues trabajo muchísimo. Tengo quizás la contemplación, quizás eso de ser un outsider y salirse del centro del foco, pero hay mucha gente a la
que le gusta la farándula. Entonces no sé, está muy ligado a eso, pero si algo
agradezco a mi generación es que trabaja mucho, esa cosa de otras épocas que
con un libro se bastaban y se pasaban la vida echándose palos ya en mi
generación no tiene relación con la bohemia. Uno a los amigos más bien los ve
poco porque cada quién está en lo suyo trabajando.
Como alguien del medio
editorial, una de las experiencias más significativas de su carrera fue visitar
la Feria del libro de Frankfurt donde pudo constatar que el nicho del escritor
es minúsculo y con alta competencia, por lo que se empeña en apoyar los
espacios para las nuevas generaciones ya que la literatura es una tradición,
aunque está claro de las dificultades que muchos jóvenes de ahora afrontan en
el país con el tema de las publicaciones.
La música como algo vital
Como muchos escritores,
halla su inspiración en las actividades simples como caminar, leer o pensar;
pero también en la música, que ejerce una gran influencia sobre su actividad
literaria “La buena escritura es melodía, es ritmo”.
Relaciona ampliamente la
música con las letras, pues según él, todos los géneros que se mueven en el
tiempo como el cine y la literatura responden a una melodía que hay que atender
para que la historia no resulte aburrida, “Si no tiene ritmo, el lector sufre”.
Para escribir se inspira
según el momento, pues cree que hay música para cada ánimo y cada proyecto. Así
pues, para Caracas Muerde escuchó
bastante a la banda The Eels,
mientras que su otro libro, Objetos no
declarados, fue corregido bajo la influencia de Gorillaz. Hay canciones que se le pegan y siempre debe escuchar
cuando corrige para poder transmitir el ritmo al texto.
La música es vital tanto
en su concepción del texto como en su vida. Toca guitarra de forma amateur en
casa y entre sus favoritos personales destacan Oliver Everett así como Sufjan
Stevens, aunque también reconoce la influencia poderosa de grandes como Paul
McCartney y Pink Floyd. Además de ellos, siempre anda en busca de nuevos
sonidos en cualquier rincón para ver lo que tienen que decirle.
Como la música, algo
parecido ocurre al momento de saber los libros que más han marcado su vida.
Horacio Quiroga y Jorge Luis Borges fueron autores que dejaron una huella
importante durante su adolescencia, afirma inclinándose un poco en el sofá, así
como en otros lo ha marcado Giovanni Papini o libros particulares que algún
momento le han dicho mucho. No tiene autores de cabecera porque sus héroes van
cambiando con el tiempo.
Siguiendo otras formas de
narración, declara ser un ecléctico en lo correspondiente al cine. Sin
inclinarse por directores o tendencias estéticas específicas, prefiere las
buenas historias y por eso incluye obras tan heterogéneas como Pulp Fiction, Boyhood o la saga de Batman
de Christopher Nolan. “Mientras menos dogmas tenga mejor, yo disfruto todo”.
La ciudad muerde
A pesar de haberse dado a conocer por un libro de
crónicas sobre la vida en la ciudad, su relación con Caracas es la misma que la
de cualquier persona. No es de darse golpes en el pecho y decir “Mi bella
Caracas”, pero sí guarda un gran afecto por los sitios donde ocurrieron hechos
relevantes de su vida.
Cuando rememora lo vivido
en cada esquina, la ciudad toma para él un nuevo significado. “Hay momentos de
tu vida que son muy tuyos y que pertenecen a tu historia y están muy
relacionados con lugares de la ciudad”.
Dentro de los sitios que
guardan recuerdos, le da una mención especial a las librerías como lugares de
encuentro entre amigos donde se puede leer y charlar. “Tienen una cosa mágica”.
Sin embargo teme la pérdida de éstas y lamenta con pesar el cierre de la
librería Templo Interno, donde iba siempre a conversar con el dueño o simplemente
a no hacer nada cuando se encontraba cansado. Un gesto de despecho se asoma en
la comisura de su boca al narrar este episodio.
Resalta la necesidad de
más espacios públicos como librerías, plazas y parques donde no haya que ir
necesariamente a gastar dinero. Desde su humilde trinchera trata de promover el
uso de esos espacios para la escritura dictando talleres, donde concurren
jóvenes y adultos a los que trata de la misma manera relajada pero activa de
contenidos. Siempre con su mirada tranquila y la melodía de la guitarra que
suena de fondo dándole ritmo a sus palabras.
A Torres le gusta escribir géneros difíciles
como las semblanzas, porque cree que si uno se acostumbra a hacer lo que ya
sabe, no hay ningún aprendizaje.