Era una
noche fría y oscura como las otras, de esas en las que cuando eras niño te
rehusabas a ir a la cama porque sabías que algo malo podría pasar. En medio de
esa noche fría y oscura el pequeño Pablito se resistía con todas sus fuerzas a
dormir, presa del pánico que comenzaba a alojarse desde ya en su subconsciente
ante la expectativa de otra noche más solo en su habitación.
Ni los cuentos
antes de dormir de papá, ni las promesas de mantener la luz encendida para
ahuyentar a los monstruos parecían tranquilizarle, y por el contrario, su padre
era quien ya empezaba a perder la paciencia y pronto las negociaciones se
tornaron en firmes amenazas de castigarle si no colaboraba y se iba a dormir
como, se supone, hacían los niños buenos. Pablito podía tener apenas siete
años, pero no era ningún tonto: sabía que en cuanto se hallase profundamente
dormido, alguno de sus padres se acercaría a su cuarto y apagaría las luces
para después cerrar la puerta y sería entonces cuando ESO haría su aparición en
medio de la oscuridad. Ya había ocurrido en varias oportunidades y aunque su
intelecto infantil aún no estaba en capacidad de razonar una posible solución
para el problema, sabía que debía a toda costa evitar dormirse solo esa noche.
Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano pues por más que lloró, hizo
berrinches y rezongó, al final fue la oportuna intervención de mamá la que
hizo, en medio de un canciones de cuna y caricias en el cabello, que el pobre Pablito cediera al peso de su cansancio
y sucumbiera ante los brazos de Morfeo.
Fue cuestión de dos, quizás tres
horas para que se cumpliera eso que temía que pasara: Apagadas todas las luces,
sus padres se fueron a dormir y la casa entera quedó sumida en un silencio de
ultratumba. Los muebles comenzaron a delinear sus contornos lúgubres y macabros
casi como animales amenazantes, acechando en cada esquina listos para atacar
por la espalda en cualquier instante; en
el cuarto de Pablito, el paisaje no era mucho mejor pues las sombras de los
juguetes sobre el suelo se encogían o agrandaban según el capricho de los
tenues rayos de luz que entraban por la ventana cuya reja dibujaba la oscura
silueta de sus barrotes que se proyectaban sobre la pared, y en medio de la
penumbra, esta adquiría un tono grisáceo como el de las películas blanco y
negro.
Un ruido de un vehículo lejano se
escapaba turbando la quietud del lugar, que con excepción del sonido monótono
de los grillos afuera, era callado, muy, muy callado. Fue entonces cuando Pablito,
aún bajo el más profundo sueño, comenzó a presentir mediante su
subconsciente despierto, que aquel aterrador acosador de la noche estaba allí
en su cuarto. Podía sentir cómo disminuía la temperatura y el aire a su
alrededor se hacía cada vez más pesado hasta el punto de presionar sus pulmones
y costarle exhalar, él se encontraba como en una especie de estado de parálisis
en la cual su mente le jugaba todo tipo de cosas en su cabeza, una de ellas,
era una imagen de sí mismo durmiendo en su cama y que veía desde un plano como
aéreo. Allí tenía una vista completa de su cuarto y de todo lo que allí
ocurría, podía ver como en la esquina más oscura ESO comenzaba a cobrar forma
ante sus atónitos ojos, como una energía extraña y maligna se materializaba en
aquel rincón estirando sus extremidades cuan tentáculos que finalizaban en
manos negras de dedos puntiagudos mientras parecía crecer a un ritmo lento pero
continuado.
Pronto tomó la forma de una figura
que aún estando apoyada sobre seis de estas extremidades, era muy alto con las
otras cuatro que le quedaban libres; su cuerpo parecía hecho de la oscuridad
misma solidificada, y en su cabeza, se suspendía un cráneo con una cornamenta
de ciervo en cuyas cuencas de sus ojos vacíos sólo emitía un pequeño y tenue
resplandor como el de una lucecita de led roja. El extraño ser permaneció un
rato allí en el rincón, observando fijamente la cama donde Pablito también
podía verse a sí mismo durmiendo, todo se volvía más frío y pesado, y tras unos
segundos increíblemente tensos, dio un paso adelante y comenzó a moverse
despacio hacia él, moviendo sus extremidades como un ciempiés.
Pablito lo veía sin saber qué hacer,
quería gritar pero su garganta era incapaz de producir sonido alguno, sólo lo
veía venir con su paso arrastrado...
-¡Ey, ey!
¡Despierta!
Pablito volvió como un relámpago a
su cuerpo y abriendo instantáneamente los ojos, comprendió que estaba de nuevo
en la realidad. Sólo que ESO seguía allí caminando hacia él. Y era muy real.
- ¡Rápido,
ocúltate bajo las sábanas!
Pablito obedeció e inmediatamente
cubrió su cabeza con su cobija. El ser con cuernos de ciervo se detuvo en seco
y torció su cabeza confundido como si de pronto Pablito se hubiera hecho
invisible. Estaba increíblemente asustado y de sus ojitos aguados corrían dos
hilos de lágrimas aunque realizaba grandes esfuerzos por no llorar. Todas las
noches desde hacía un mes que ESO llevaba apareciendo en su habitación, siempre
en esa esquina, inmóvil viéndolo como una presencia, pero esta era la primera
vez que se manifestaba de forma sólida y completa, también era la primera vez
que se movía y ahora iba por él.
-¿Qué voy a
hacer ahora? – decía Pablito entre sollozos
- Tranquilo, esto ya ha pasado varias veces
antes, solo debes actuar como siempre
- Pero jamás
se había movido... ¡Ahora está dando vueltas alrededor de mi cama!
- Bueno sí,
debo reconocer que esto es algo bastante inusual...
-¡Quiero a
mi mamá!- Pablito abrazaba fuertemente su oso de peluche con la voz quebrada
- Excelente
idea, cuando el monstruo se distraiga, salimos corriendo con tus padres, ellos
son una buena barrera contra cosas como esa.
Pablito podía ver a través de la
tela de la sábana al monstruo de los cuernos de ciervo dando rondas por la
habitación, como a la expectativa de algo que pacientemente esperaba, de vez en
cuando daba la espalda a la cama y era entonces cuando Pablito trataba de
reunir el coraje suficiente para levantarse y salir corriendo a todo dar. No
sabía qué tan rápida era esa cosa, ni si el plan de su amigo funcionaría; debía
calcular muy bien cada movimiento, y ser tan veloz como sus cortas piernas le
permitieran. Pablito sudaba frío, apretaba su osito contra su pecho conteniendo
la respiración cada vez que el monstruo se acercaba a la cama, atento a todos
sus movimientos, y fue entonces, en una de las oportunidades en las que se
alejó, que escuchó la orden que le exclamaba:
- ¡Hazlo
ahora!
Sin pensarlo, por pura inercia,
Pablito se quitó la sábana de encima, bajó de la cama con el salto más largo
que pudo realizar, y como una fugaz centella abrió la puerta antes que el
monstruo pudiera voltearse y corrió hasta la puerta del cuarto de sus padres
que para su suerte, se encontraba justo al frente de la suya. Tocó como un
desquiciado hasta que la puerta se abrió y su padre salió a su encuentro
alertado por el escándalo aunque todavía un poco soñoliento.
- ¡Hijo!
¿Qué pasó?
- ¡Es él
papá! ¡Volvió otra vez y ahora tiene unos cuernos enormes y está caminando por
el cuarto!- lloraba el niño ya a lágrima viva, abrazando la pierna de su padre.
El padre abrió bastante los ojos
ante la conmoción tan grande de su hijo, pero luego suspiró profundamente repitiendo
lo mismo de cada noche
- Hijo, ya
hablamos de esto con el psicólogo, debes aprender que por más feas que sean tus
pesadillas, no son reales, sólo viven dentro de tu cabeza.
-¡Pero esta
vez es real, papá!-exclamó el niño señalando la puerta de su cuarto
- ¿Te parece
si vamos a ver?
- ¡NO!- suplicaba- ¿Y si todavía está allí?
El padre trató de calmarlo, y para demostrarle
que todo era producto de su imaginación, se dirigió lentamente hacia el cuarto
fingiendo precaución, como si quiera tomar al monstruo por sorpresa, y al
llegar al umbral de la habitación, encendió la luz entrando con un salto un
tanto sobreactuado.
-¡Ajá! –
efectivamente, el cuarto se encontraba vacío como era de esperar, ni una sola
señal del ser con cuernos de ciervo por ninguna parte.
Pablito
todavía veía con cierto recelo a su alrededor, y su padre se percató de ello
pues en seguida se acercó a él y batiendo cariñosamente su cabello, le propuso:
- ¿Te parece
si sólo por esta vez, duermes con nosotros hoy?
Él accedió y nuevamente abrazó a su padre
quien para animarlo le cargó y lo llevó a la habitación simulando ser un cohete
en el espacio. Ninguno de los dos se dio cuenta cuando apagaron la luz, que ESO
jamás se había ido, y estaba parado nuevamente en su rincón, esta vez viendo
hacia la puerta.
Su madre les esperaba despierta en
la cama, y al Pablito acostarse a su lado, lo rodeó con sus brazos y
nuevamente retomó su trabajo de acariciar uno a uno sus cabellos mientras le
cantaba suaves canciones de cuna. Pablito ya se encontraba medio dormido en
su regazo, cuando su padre volvió a apagar las luces, miraron juntos a su hijo
y luego se dirigieron mutuamente una mirada de preocupación antes de acomodarlo
en el medio de la cama y cada uno por su lado, acostarse a dormir.
- Pssst...
Pssst...
Dormía tan plácidamente que ignoró
el llamado las primeras 3 veces.
-¡Hey,
Pablito, despierta!
Pablito entreabrió un poco los ojos
con pesadez y arrastrando del sueño cada palabra refunfuñó:
- ¿Qué
quieres?
- Escucha...
Agudizó el oído y pudo escuchar el
sonido del picaporte de la puerta moviéndose, luego, un imperceptible chirrido
en las bisagras abriéndose. En medio de la oscuridad pudo ver dificultosamente
asomarse un cuerno dentro de la alcoba, seguido por unos dedos largos, flacos y
puntiagudos que penetraban en el espacio y un cráneo cuya luz rojiza en las
cuencas de sus ojos se movía rápidamente examinándolo todo y claramente,
buscándolo.
-Ya sabes qué
hacer, metete bajo la sábana- alcanzó a escuchar Pablito quien nuevamente era
presa del miedo, por lo que sin pensarlo mucho obedeció, quedándose allí en
posición fetal, abrazando su oso con fuerza. Sintió a su padre moverse un poco
y consideró fuertemente la idea de despertarlo, pero en seguida notó que el
monstruo no estaba moviéndose, y en cambio, se había quedado allí con medio
cuerpo asomado por la puerta, viendo fijamente hacia la cama como en los
primeros días de su aparición. Recordó lo que le habían dicho: “los padres son
una buena barrera contra cosas como esa”. En cierta forma eso lo tranquilizaba
y le hacía sentir más seguro. Tenía a su madre a su derecha y a su padre a la
izquierda, rodeándolo como las murallas de un castillo y brindándole toda la
protección que necesitaba. Con ellos allí, el monstruo de los cuernos de ciervo
ni siquiera podía acercársele, y ya ni siquiera sentía el frío en el aire ni la
presión en sus pulmones, pues allí dentro sus padres le daban calor y
comodidad. Definitivamente debía haber hecho esto desde la primera vez que
apareció, y se habría ahorrado muchas noches en vela por el miedo, incluso
quien sabe, quizás ahora el monstruo ahora lo dejaría en paz sabiendo que
mientras tuviera a sus padres cerca y una sábana bajo su cabeza, jamás podría
tocarlo.
Sin darse cuenta, había vuelto a
quedarse dormido así, con una pequeña sonrisita en su carita y a su oso bajo el
brazo. Había ganado, y ESO esa noche no había podido molestarlo.
A la mañana siguiente, Pablito
despertó algo confundido, en parte de tanto haber dormido, y en parte por los
rayos de luz que se filtraban indicando que ya estaba bastante avanzada la
mañana, eso le extrañaba bastante pues sus padres solían levantarlo bien
temprano para ir al colegio y ellos al trabajo, pero por lo que veía también
estaban dormidos. Se desperezó y quitándose la sábana de encima vio el nuevo
día que entraba por la ventana. La puerta en la que ESO había pasado toda la
noche asomado se encontraba entreabierta aunque eso ya no importaba, el sol
había salido y Pablito se sentía de muy buen humor por lo que se dio la vuelta
para despertar a su mamá y así bajar todos juntos a desayunar, pero su mamá no
reaccionaba. Intentó con sacudirla, pero tampoco funcionaba.
-¿Mami?
-repetía el niño ya un poco alterado pues estaba fría y algo pesada, cuando en
uno de sus sacudones, logró voltearla y al quedar boca arriba, el niño lanzó un
grito ahogado cayendo a sus espaldas sobre su padre, cuyo cuerpo en seguida rodó por el borde de la cama para caer sobre el suelo. Ambos estaban blancos y
tenían la misma expresión pavorosa con los ojos bien abiertos y la mirada
vacía, la misma mueca horrible en la boca que congelaba un último instante de
terror tan repentino, que ni siquiera les dio tiempo de gritar y se quedaron a
media reacción. Estaban tan tiesos como muñecos e incluso unas pocas venas
azuladas se divisaban cerca de sus sienes.
Sólo alcanzó a escucharse un grito
agudo y desgarrador que alertó a todos los vecinos. Lo encontraron aún en la
cama, escondido bajo la sábana abrazando una almohada pues ya no encontraba a
su oso de peluche; jamás volvió a decir una sola palabra, pero cada noche
recordaba entre gritos y sudor frío al monstruo de los cuernos de ciervo
acechándolo en sus pesadillas, por más que nunca volvió a dormir sin una luz
encendida.
Era una noche oscura y de tormenta,
y sobre una cama llena de calcomanías, Laurita dormía tranquilamente a pesar de
los ruidos extraños que producía la lluvia al golpear la ventana y la madera al
crujir por toda la casa, el aire alrededor de ella se tornaba frío y pesado al
punto que su asma se disparaba un poco y le costaba algo respirar. Bajo su
brazo una muñeca de trapo ve la sombra que comienza a formarse lentamente en un
rincón oscuro, con unos ojos rojos como leds que se dirigen fijamente hacia
ellas.
- Laura,
¡Ey!, Laura...
-¿Qué, qué
pasa?
- No quiero
asustarte, pero necesito rápidamente que te ocultes bajo las sábanas...
FIN.
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