Escribí esto durante los años en los que estudié Biología -jamás concluida- en la UCV. Escondido entre sus edificios hay un paraje donde, en mi caso, me servía para sentarme a olvidar mis problemas y poner las cosas en orden en mi cabeza. Es uno de los rincones que me hace amar esta alma máter, y recordar el orgullo que significaba ser ucvista. Aquí lo comparto con ustedes:
Sentado en la grama pensando, recostado en uno de los viejos árboles donde antes otros escritores más grandes e ilustres se han sentado.
Al fondo, suenan sirenas y cornetas que me recuerdan el bullicio que afuera hace en esta caótica ciudad caraqueña, pero donde estoy, todo ese pandemonium urbano suena ajeno y lejano.
Aquí se escucha al viento que sopla y hace danzar las hojas, mientras las aves hacen un coro disonante y disperso que armoniza con el compás de los árboles. Donde estoy, la naturaleza no lucha contra el concreto, sino que ambos han encontrado la perfecta comunión de un pacto de tregua; donde las palmeras son refugio de las guacamayas viajeras, y el césped sirve de lecho para que los jóvenes amantes encuentren pasión entre clases. Y en los árboles, fieles guardianes del campus, son protectores de estatuas olvidadas confidentes de tantos secretos como historias de cualquier parque. Los árboles también han sido sombra y soporte de los pensadores de todas las ciencias y las artes, construyendo bajo ellos la historia, buscando luz de inspiración o de reflexiones.
Donde estoy, caen hojas amarillas y ocres por las tardes, amigos juegan al frisbee con destreza mientras un joven salta un desnivel con su patineta, y una chica ahogada entre apuntes estudia para sus parciales.
Donde estoy, una araña camina inquieta sobre esta página, y a mi lado una hilera de hormigas hacen su marcha marcial a paso fino antes de perderse en un hueco en la tierra.
Donde estoy, el reloj impone el paso del tiempo sobre el destartalado edificio donde se encuentra nuestro rectorado y a lo lejos, la gran biblioteca brilla con los ventanales abiertos de su balcón y las baldosas caídas de su cuerpo coloso negro y rojo. Un suave susurro de música llega desde la plaza cubierta, donde Villanueva camina con Vargas entre el pastor de las nubes, nubes que como las de Calder animan la danza de los recién graduados.
Este lugar fue mi amigo, aún cuando apenas daba mis primeros pasos por estos pasillos, sintiéndome extranjero, me enseñó que acá se encuentra mi verdadera casa. Desprecio al motorizado que perturba con su maquinaria ruidosa la paz de este templo sagrado y al vándalo que pretende imponer a la fuerza en las paredes, los debates que no ganaría con las palabras; pero la voluntad del ucvista es fuerte y entre el verde y gris de esta tierra brillarán por siempre todos los colores del pensamiento.
Aquí donde estoy sentado, esperaba encontrar en un suspiro una musa con la cual escribir, buscando aquí que las letras no se escribieran solas, sino que fluyeran como a un poeta le fluyen los versos; en lugar de eso, terminé escribiendo sobre este pequeño paraíso escondido entre plazas y facultades, dando cordura al silencio de las calles que nunca callan. Terminé escribiendo sobre esta tierra de mi alma máter; esta tierra del árbol y del estudiante, del pasto y de los enamorados; de la guacháraca y de la guacamaya; del escritor, del perro, de las hojas y de la araña.
De esta tierra de todos...
De esta Tierra de nadie.
Dr. Cuervo (08-05-2013)