El trato es simple, sólo basta con encender cierta cantidad de velas en el altar de la casa durante un plazo previamente acordado, y en una manera, a veces milagrosa, se obtiene la ayuda solicitada; esto nos lleva a nuestra historia, ocurrida hace no muchos años en un sector popular de la ciudad de Caracas, una zona muy antigua de casones señoriales; donde la superstición se mezcla con la fe y las costumbres religiosas, dando lugar a un sinnúmero de relatos contados entre la realidad y la leyenda, y donde el realismo mágico tan característico en la historia de nuestros pueblos latinos renace y florece en un conglomerado de supersticiones y fantasía, en pleno corazón de la capital venezolana.
Allí mismo, en esa zona detenida en el tiempo, conocida como La Pastora, vivía Doña Teresa, una mujer ya bien entrada en sus cuarentas que, como la mayoría de señoras de su clase, era fiel creyente de todos esos cuentos y tradiciones que formaban parte de su idiosincrasia criolla, incluidas las ánimas, las cuales si bien no figuraban a menudo en su devocionario personal, eran una solución bastante irresistible para sus problemas económicos como para dejarlos pasar; vivían tiempos duros y, para una madre divorciada como ella, el pasar del día era una acumulación constante de deudas y más deudas que la tenían hasta el cuello, así una noche a bien pasadas las horas, en la intimidad de su habitación se colocó de rodillas y, poniéndose lista en la posición para orar, se dispuso a pedirle con el corazón en mano “una ayudaíta” a las ánimas para poder salir de todas estas calamidades que sufría por su falta de dinero; el acuerdo, cuatro velas encendidas durante todo el mes; parecía algo razonable y, sinceramente, ya había agotado todos los medios para solventar su difícil problema, estaba desesperada y tenía bocas que alimentar, así que entregó toda su confianza en su fe, al fin y al cabo, ya no le quedaba nada por perder.
Siguieron pasando los días y como devota cristiana que era, mantuvo su promesa la mayor cantidad de tiempo que pudo, hasta que uno de los cuatro velones se extinguió por completo, y aunque se había hecho a sí misma la nota mental para comprar otra, tenía otras ocupaciones más importantes que cumplir; entre el trabajo, las cuentas que estaba pagando todavía, el colegio de los niños y las demás tareas del hogar, estuvo tan ocupada que ya para el final de la tarde había olvidado su recado. Era un descuido normal, a cualquiera le hubiera ocurrido, era tan sólo un detalle insignificante fácil de pasar por alto, pero no para las ánimas del purgatorio, pues si algo también se conoce de estos espíritus en pena, es que son sumamente vengativos y rencorosos con aquellos que incumplen con el trato, incluso una nimiedad como una vela faltante era capaz de hacer erupcionar toda oscuridad, maldad y locura de estos seres quienes desatan con ira cruel e implacable su castigo sobre sus deudores.
Él había fallecido hace algún tiempo ya, dejando en Teresa un vacío enorme pues le tenía un cariño grandísimo y verlo allí plantado en las escaleras de la entrada, era una imagen que no sólo la perturbaba, sino que también le traía recuerdos y nostalgia, además del placer de volver a verlo; restregó sus ojos como queriendo caer en que era una jugada de su cansancio, pero la aparición seguía allí, así que persignándose se le acercó lentamente con precaución, mientras que la figura, vestida de guayabera y sombrero le sonreía tranquilamente, con esa mirada serena, dulce y paternal que la invitaba a tranquilizarse. – Hija mía, ¡cuánto tiempo ha pasado!, no sabes lo mucho que te he extrañado y he querido verte- le decía su taita mientras ella, abnegada en lágrimas extendía sus brazos para abrazarlo, la figura hizo gesto que no, que sería mejor pasar y tener esa última conversación que jamás pudieron tener debido a lo repentino que fue su muerte, y abriendo la puerta se dejó llevar por la emoción -¡Tengo tantas cosas que contarte!, ¡Ay taita, que felicidad que te aparecieras!
Sin embargo, no había terminado de pasar por la puerta cuando un ruido seco retumbó en sus oídos y la figura de su taita se convirtió en un enorme velo negro que comenzó a recorrer por toda la casa, volando a una velocidad increíble, el susto no se hizo esperar y emitió un agudo grito pegándose a la pared mientras el ente revoloteaba al ras del techo produciendo un viento ligeramente huracanado que derribaba estanterías, adornos y cuadros; - Has faltado a tu promesa, has incumplido tu deuda con nosotros y ahora tendrás que pagarla- exclamaba la sombra con una voz grave y múltiple, como si varias personas hablasen al unísono, esta sombra atravesó el pasillo y se metió en los cuartos desordenando todo a su paso, en la habitación, los niños gritaban en sus camas; el más pequeño - de unos 9 o 10 años- lloraba a lágrima suelta mientras el más grande, de 14, lo abrazaba en un intento de calmarle aunque él mismo temblaba preso del pánico.
Teresa aferrada a su crucifijo trataba de rezar aunque las palabras difícilmente le salían en forma de balbuceos tartamudos por el nudo que se le había hecho en la garganta, trataba de implorar misericordia pero cada vez que pronunciaba una palabra el ser volvía, y con una fuerza estrépita le golpeaba como un camión arrollando todo en su camino, -¡Pero si yo encendí las velas como les prometí!, ¡No sé por qué me están haciendo todo esto!- gritaba con la voz quebrada mientras el delineador se escurría por su rostro, -¡Por favor, tengan piedad!-
Teresa tomó la cajetilla de fósforos y con un pulso bastante tembloroso hizo varios intentos por encender la vela hasta que finalmente lo logró, y haciendo esfuerzos para que no se le apagara entre la fuerte ventisca y los sacudones que la sombra le profería, colocó la velita de cumpleaños entre los velones que aún alumbraban, y así tan repentino como ocurrió; todo el viento, la sombra y el caos desaparecieron como un relámpago que fugazmente se desvanece en medio de la tormenta, todo volvía a estar en un silencio sólo corrompido por el tenue sonido de la noche y una calma se apoderó de la casa como la paz después de una sangrienta batalla.
Teresa cayó de rodillas agarrando con toda la fuerza de su mano el Cristo del crucifijo, mientras su piel pálida volvía a retomar lentamente su color natural, con los escalofríos propios de la adrenalina todavía fluyendo por su cuerpo. Sus hijos salieron corriendo y la abrazaron sollozantes; y permanecieron allí, durante un buen rato, sin que nadie dijera ni una sola palabra más que contemplar con la mirada perdida, absortos en el desastre que había en toda la casa. Al día siguiente Teresa no fue al trabajo, dedicó el día completo a arreglar todo el destrozo, enclaustrándose ante las miradas curiosas de los vecinos que se acercaban a preguntar por el escándalo que había ocurrido anoche, y sin contestar a ninguno, evadió el tema aunque si algo se hizo común en esa casa a partir de ese día, es que Teresa siguió encendiendo sus cuatro velas diaria y devotamente, aunque ya pasara hace mucho el mes acordado en su promesa.
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