Somos polvo de estrellas

Porque somos polvo cósmico de estrellas que colapsaron en su viaje por el universo.

Historia breve de un encuentro memorable

¿Cuántas veces no nos hemos enamorado de un desconocido en la calle? El metro, el autobús y las salas de espera guardan más historias de amores fugaces e imposibles que una novela, y esta, es una de ellas.

¿Está muerto el periodismo tradicional?

El siglo XXI ha traido consigo un auge del periodismo digital a través de las redes sociales. ¿Puede el impreso sobrevivir a esta generación?

El poder de imaginar

Hace algunos semestres tuve la oportunidad de escribir este texto para una tarea de Taller de Redacción. Considero que es perfecto para la resurrección del blog. ¡Esta vez con imagen renovada!

El ajedrez de la Guerra Fría: Superman, Red son

Superman, junto al pie de manzana, es uno de los mayores iconos de la cultura norteamericana. Difícil imaginarlo en un contexto diferente, pero aquí, abordaremos este cómic que da que hablar.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Ocúltate bajo las sábanas

         


      Era una noche fría y oscura como las otras, de esas en las que cuando eras niño te rehusabas a ir a la cama porque sabías que algo malo podría pasar. En medio de esa noche fría y oscura el pequeño Pablito se resistía con todas sus fuerzas a dormir, presa del pánico que comenzaba a alojarse desde ya en su subconsciente ante la expectativa de otra noche más solo en su habitación.
    Ni los cuentos antes de dormir de papá, ni las promesas de mantener la luz encendida para ahuyentar a los monstruos parecían tranquilizarle, y por el contrario, su padre era quien ya empezaba a perder la paciencia y pronto las negociaciones se tornaron en firmes amenazas de castigarle si no colaboraba y se iba a dormir como, se supone, hacían los niños buenos. Pablito podía tener apenas siete años, pero no era ningún tonto: sabía que en cuanto se hallase profundamente dormido, alguno de sus padres se acercaría a su cuarto y apagaría las luces para después cerrar la puerta y sería entonces cuando ESO haría su aparición en medio de la oscuridad. Ya había ocurrido en varias oportunidades y aunque su intelecto infantil aún no estaba en capacidad de razonar una posible solución para el problema, sabía que debía a toda costa evitar dormirse solo esa noche. Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano pues por más que lloró, hizo berrinches y rezongó, al final fue la oportuna intervención de mamá la que hizo, en medio de un canciones de cuna y caricias en el cabello, que el  pobre Pablito cediera al peso de su cansancio y sucumbiera ante los brazos de Morfeo.
            Fue cuestión de dos, quizás tres horas para que se cumpliera eso que temía que pasara: Apagadas todas las luces, sus padres se fueron a dormir y la casa entera quedó sumida en un silencio de ultratumba. Los muebles comenzaron a delinear sus contornos lúgubres y macabros casi como animales amenazantes, acechando en cada esquina listos para atacar por la espalda  en cualquier instante; en el cuarto de Pablito, el paisaje no era mucho mejor pues las sombras de los juguetes sobre el suelo se encogían o agrandaban según el capricho de los tenues rayos de luz que entraban por la ventana cuya reja dibujaba la oscura silueta de sus barrotes que se proyectaban sobre la pared, y en medio de la penumbra, esta adquiría un tono grisáceo como el de las películas blanco y negro.
            Un ruido de un vehículo lejano se escapaba turbando la quietud del lugar, que con excepción del sonido monótono de los grillos afuera, era callado, muy, muy callado. Fue entonces cuando Pablito, aún bajo el más profundo sueño, comenzó a presentir mediante su subconsciente despierto, que aquel aterrador acosador de la noche estaba allí en su cuarto. Podía sentir cómo disminuía la temperatura y el aire a su alrededor se hacía cada vez más pesado hasta el punto de presionar sus pulmones y costarle exhalar, él se encontraba como en una especie de estado de parálisis en la cual su mente le jugaba todo tipo de cosas en su cabeza, una de ellas, era una imagen de sí mismo durmiendo en su cama y que veía desde un plano como aéreo. Allí tenía una vista completa de su cuarto y de todo lo que allí ocurría, podía ver como en la esquina más oscura ESO comenzaba a cobrar forma ante sus atónitos ojos, como una energía extraña y maligna se materializaba en aquel rincón estirando sus extremidades cuan tentáculos que finalizaban en manos negras de dedos puntiagudos mientras parecía crecer a un ritmo lento pero continuado.
            Pronto tomó la forma de una figura que aún estando apoyada sobre seis de estas extremidades, era muy alto con las otras cuatro que le quedaban libres; su cuerpo parecía hecho de la oscuridad misma solidificada, y en su cabeza, se suspendía un cráneo con una cornamenta de ciervo en cuyas cuencas de sus ojos vacíos sólo emitía un pequeño y tenue resplandor como el de una lucecita de led roja. El extraño ser permaneció un rato allí en el rincón, observando fijamente la cama donde Pablito también podía verse a sí mismo durmiendo, todo se volvía más frío y pesado, y tras unos segundos increíblemente tensos, dio un paso adelante y comenzó a moverse despacio hacia él, moviendo sus extremidades como un ciempiés.
            Pablito lo veía sin saber qué hacer, quería gritar pero su garganta era incapaz de producir sonido alguno, sólo lo veía venir con su paso arrastrado...
-¡Ey, ey! ¡Despierta!
            Pablito volvió como un relámpago a su cuerpo y abriendo instantáneamente los ojos, comprendió que estaba de nuevo en la realidad. Sólo que ESO seguía allí caminando hacia él. Y era muy real.
- ¡Rápido, ocúltate bajo las sábanas!
            Pablito obedeció e inmediatamente cubrió su cabeza con su cobija. El ser con cuernos de ciervo se detuvo en seco y torció su cabeza confundido como si de pronto Pablito se hubiera hecho invisible. Estaba increíblemente asustado y de sus ojitos aguados corrían dos hilos de lágrimas aunque realizaba grandes esfuerzos por no llorar. Todas las noches desde hacía un mes que ESO llevaba apareciendo en su habitación, siempre en esa esquina, inmóvil viéndolo como una presencia, pero esta era la primera vez que se manifestaba de forma sólida y completa, también era la primera vez que se movía y ahora iba por él.
-¿Qué voy a hacer ahora? – decía Pablito entre sollozos
-  Tranquilo, esto ya ha pasado varias veces antes, solo debes actuar como siempre
- Pero jamás se había movido... ¡Ahora está dando vueltas alrededor de mi cama!
- Bueno sí, debo reconocer que esto es algo bastante inusual...
-¡Quiero a mi mamá!- Pablito abrazaba fuertemente su oso de peluche con la voz quebrada
- Excelente idea, cuando el monstruo se distraiga, salimos corriendo con tus padres, ellos son una buena barrera contra cosas como esa.
            Pablito podía ver a través de la tela de la sábana al monstruo de los cuernos de ciervo dando rondas por la habitación, como a la expectativa de algo que pacientemente esperaba, de vez en cuando daba la espalda a la cama y era entonces cuando Pablito trataba de reunir el coraje suficiente para levantarse y salir corriendo a todo dar. No sabía qué tan rápida era esa cosa, ni si el plan de su amigo funcionaría; debía calcular muy bien cada movimiento, y ser tan veloz como sus cortas piernas le permitieran. Pablito sudaba frío, apretaba su osito contra su pecho conteniendo la respiración cada vez que el monstruo se acercaba a la cama, atento a todos sus movimientos, y fue entonces, en una de las oportunidades en las que se alejó, que escuchó la orden que le exclamaba:
- ¡Hazlo ahora!
            Sin pensarlo, por pura inercia, Pablito se quitó la sábana de encima, bajó de la cama con el salto más largo que pudo realizar, y como una fugaz centella abrió la puerta antes que el monstruo pudiera voltearse y corrió hasta la puerta del cuarto de sus padres que para su suerte, se encontraba justo al frente de la suya. Tocó como un desquiciado hasta que la puerta se abrió y su padre salió a su encuentro alertado por el escándalo aunque todavía un poco soñoliento.
- ¡Hijo! ¿Qué pasó?
- ¡Es él papá! ¡Volvió otra vez y ahora tiene unos cuernos enormes y está caminando por el cuarto!- lloraba el niño ya a lágrima viva, abrazando la pierna de su padre.
            El padre abrió bastante los ojos ante la conmoción tan grande de su hijo, pero luego suspiró profundamente repitiendo lo mismo de cada noche
- Hijo, ya hablamos de esto con el psicólogo, debes aprender que por más feas que sean tus pesadillas, no son reales, sólo viven dentro de tu cabeza.
-¡Pero esta vez es real, papá!-exclamó el niño señalando la puerta de su cuarto
- ¿Te parece si vamos a ver?
- ¡NO!-  suplicaba- ¿Y si todavía está allí?
            El padre trató de calmarlo, y para demostrarle que todo era producto de su imaginación, se dirigió lentamente hacia el cuarto fingiendo precaución, como si quiera tomar al monstruo por sorpresa, y al llegar al umbral de la habitación, encendió la luz entrando con un salto un tanto sobreactuado.
-¡Ajá! – efectivamente, el cuarto se encontraba vacío como era de esperar, ni una sola señal del ser con cuernos de ciervo por ninguna parte.
            Pablito todavía veía con cierto recelo a su alrededor, y su padre se percató de ello pues en seguida se acercó a él y batiendo cariñosamente su cabello, le propuso:
- ¿Te parece si sólo por esta vez, duermes con nosotros hoy?
             Él accedió y nuevamente abrazó a su padre quien para animarlo le cargó y lo llevó a la habitación simulando ser un cohete en el espacio. Ninguno de los dos se dio cuenta cuando apagaron la luz, que ESO jamás se había ido, y estaba parado nuevamente en su rincón, esta vez viendo hacia la puerta.
            Su madre les esperaba despierta en la cama, y al Pablito acostarse a su lado, lo rodeó con sus brazos y nuevamente retomó su trabajo de acariciar uno a uno sus cabellos mientras le cantaba suaves canciones de cuna. Pablito ya se encontraba medio dormido en su regazo, cuando su padre volvió a apagar las luces, miraron juntos a su hijo y luego se dirigieron mutuamente una mirada de preocupación antes de acomodarlo en el medio de la cama y cada uno por su lado, acostarse a dormir.
- Pssst... Pssst...
            Dormía tan plácidamente que ignoró el llamado las primeras 3 veces.
-¡Hey, Pablito, despierta!
            Pablito entreabrió un poco los ojos con pesadez y arrastrando del sueño cada palabra refunfuñó:
- ¿Qué quieres?
- Escucha...
            Agudizó el oído y pudo escuchar el sonido del picaporte de la puerta moviéndose, luego, un imperceptible chirrido en las bisagras abriéndose. En medio de la oscuridad pudo ver dificultosamente asomarse un cuerno dentro de la alcoba, seguido por unos dedos largos, flacos y puntiagudos que penetraban en el espacio y un cráneo cuya luz rojiza en las cuencas de sus ojos se movía rápidamente examinándolo todo y claramente, buscándolo.
-Ya sabes qué hacer, metete bajo la sábana- alcanzó a escuchar Pablito quien nuevamente era presa del miedo, por lo que sin pensarlo mucho obedeció, quedándose allí en posición fetal, abrazando su oso con fuerza. Sintió a su padre moverse un poco y consideró fuertemente la idea de despertarlo, pero en seguida notó que el monstruo no estaba moviéndose, y en cambio, se había quedado allí con medio cuerpo asomado por la puerta, viendo fijamente hacia la cama como en los primeros días de su aparición. Recordó lo que le habían dicho: “los padres son una buena barrera contra cosas como esa”. En cierta forma eso lo tranquilizaba y le hacía sentir más seguro. Tenía a su madre a su derecha y a su padre a la izquierda, rodeándolo como las murallas de un castillo y brindándole toda la protección que necesitaba. Con ellos allí, el monstruo de los cuernos de ciervo ni siquiera podía acercársele, y ya ni siquiera sentía el frío en el aire ni la presión en sus pulmones, pues allí dentro sus padres le daban calor y comodidad. Definitivamente debía haber hecho esto desde la primera vez que apareció, y se habría ahorrado muchas noches en vela por el miedo, incluso quien sabe, quizás ahora el monstruo ahora lo dejaría en paz sabiendo que mientras tuviera a sus padres cerca y una sábana bajo su cabeza, jamás podría tocarlo.
            Sin darse cuenta, había vuelto a quedarse dormido así, con una pequeña sonrisita en su carita y a su oso bajo el brazo. Había ganado, y ESO esa noche no había podido molestarlo.
            A la mañana siguiente, Pablito despertó algo confundido, en parte de tanto haber dormido, y en parte por los rayos de luz que se filtraban indicando que ya estaba bastante avanzada la mañana, eso le extrañaba bastante pues sus padres solían levantarlo bien temprano para ir al colegio y ellos al trabajo, pero por lo que veía también estaban dormidos. Se desperezó y quitándose la sábana de encima vio el nuevo día que entraba por la ventana. La puerta en la que ESO había pasado toda la noche asomado se encontraba entreabierta aunque eso ya no importaba, el sol había salido y Pablito se sentía de muy buen humor por lo que se dio la vuelta para despertar a su mamá y así bajar todos juntos a desayunar, pero su mamá no reaccionaba. Intentó con sacudirla, pero tampoco funcionaba.
-¿Mami? -repetía el niño ya un poco alterado pues estaba fría y algo pesada, cuando en uno de sus sacudones, logró voltearla y al quedar boca arriba, el niño lanzó un grito ahogado cayendo a sus espaldas sobre su padre, cuyo cuerpo en seguida rodó por el borde de la cama para caer sobre el suelo. Ambos estaban blancos y tenían la misma expresión pavorosa con los ojos bien abiertos y la mirada vacía, la misma mueca horrible en la boca que congelaba un último instante de terror tan repentino, que ni siquiera les dio tiempo de gritar y se quedaron a media reacción. Estaban tan tiesos como muñecos e incluso unas pocas venas azuladas se divisaban cerca de sus sienes. 
     Sólo alcanzó a escucharse un grito agudo y desgarrador que alertó a todos los vecinos. Lo encontraron aún en la cama, escondido bajo la sábana abrazando una almohada pues ya no encontraba a su oso de peluche; jamás volvió a decir una sola palabra, pero cada noche recordaba entre gritos y sudor frío al monstruo de los cuernos de ciervo acechándolo en sus pesadillas, por más que nunca volvió a dormir sin una luz encendida.
            Era una noche oscura y de tormenta, y sobre una cama llena de calcomanías, Laurita dormía tranquilamente a pesar de los ruidos extraños que producía la lluvia al golpear la ventana y la madera al crujir por toda la casa, el aire alrededor de ella se tornaba frío y pesado al punto que su asma se disparaba un poco y le costaba algo respirar. Bajo su brazo una muñeca de trapo ve la sombra que comienza a formarse lentamente en un rincón oscuro, con unos ojos rojos como leds que se dirigen fijamente hacia ellas.
- Laura, ¡Ey!, Laura...
-¿Qué, qué pasa?
- No quiero asustarte, pero necesito rápidamente que te ocultes bajo las sábanas...


FIN.


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lunes, 21 de abril de 2014

Tierra de todos, Tierra de nadie...

    Escribí esto durante los años en los que estudié Biología -jamás concluida- en la UCV. Escondido entre sus edificios hay un paraje donde, en mi caso, me servía para sentarme a olvidar mis problemas y poner las cosas en orden en mi cabeza. Es uno de los rincones que me hace amar esta alma máter, y recordar el orgullo que significaba ser ucvista. Aquí lo comparto con ustedes:



    Sentado en la grama pensando, recostado en uno de los viejos árboles donde antes otros escritores más grandes e ilustres se han sentado.
    Al fondo, suenan sirenas y cornetas que me recuerdan el bullicio que afuera hace en esta caótica ciudad caraqueña, pero donde estoy, todo ese pandemonium urbano suena ajeno y lejano.
   Aquí se escucha al viento que sopla y hace danzar las hojas, mientras las aves hacen un coro disonante y disperso que armoniza con el compás de los árboles. Donde estoy, la naturaleza no lucha contra el concreto, sino que ambos han encontrado la perfecta comunión de un pacto de tregua; donde las palmeras son refugio de las guacamayas viajeras, y el césped sirve de lecho para que los jóvenes amantes encuentren pasión entre clases. Y en los árboles, fieles guardianes del campus, son protectores de estatuas olvidadas confidentes de tantos secretos como historias de cualquier parque. Los árboles también han sido sombra y soporte de los pensadores de todas las ciencias y las artes, construyendo bajo ellos la historia, buscando luz de inspiración o de reflexiones.
   Donde estoy, caen hojas amarillas y ocres por las tardes, amigos juegan al frisbee con destreza mientras un joven salta un desnivel con su patineta, y una chica ahogada entre apuntes estudia para sus parciales.
    Donde estoy, una araña camina inquieta sobre esta página, y a mi lado una hilera de hormigas hacen su marcha marcial a paso fino antes de perderse en un hueco en la tierra.
    Donde estoy, el reloj impone el paso del tiempo sobre el destartalado edificio donde se encuentra nuestro rectorado y a lo lejos, la gran biblioteca brilla con los ventanales abiertos de su balcón y las baldosas caídas de su cuerpo coloso negro y rojo. Un suave susurro de música llega desde la plaza cubierta, donde Villanueva camina con Vargas entre el pastor de las nubes, nubes que como las de Calder animan la danza de los recién graduados.
     Este lugar fue mi amigo, aún cuando apenas daba mis primeros pasos por estos pasillos, sintiéndome extranjero, me enseñó que acá se encuentra mi verdadera casa. Desprecio al motorizado que perturba con su maquinaria ruidosa la paz de este templo sagrado y al vándalo que pretende imponer a la fuerza en las paredes, los debates que no ganaría con las palabras; pero la voluntad del ucvista es fuerte y  entre el verde y gris de esta tierra brillarán por siempre todos los colores del pensamiento.
     Aquí donde estoy sentado, esperaba encontrar en un suspiro una musa con la cual escribir, buscando aquí que las letras no se escribieran solas, sino que fluyeran como a un poeta le fluyen los versos; en lugar de eso, terminé escribiendo sobre este pequeño paraíso escondido entre plazas y facultades, dando cordura al silencio de las calles que nunca callan. Terminé escribiendo sobre esta tierra de mi alma máter; esta tierra del árbol y del estudiante, del pasto y de los enamorados; de la guacháraca y de la guacamaya; del escritor, del perro, de las hojas y de la araña.
    De esta tierra de todos...
    De esta Tierra de nadie.
Dr. Cuervo (08-05-2013)

miércoles, 1 de enero de 2014

Somos polvo de estrellas


  Somos polvo de estrellas. 
Años, décadas, siglos, milenios. Eones desde el primer protozoario hasta el último árbol del Amazonas.
  Somos hijos de la miseria, de las causas perdidas, de los ideales comprados y de las voces calladas entre los gritos de la muchedumbre.
  Somos sangre azul que corre libre con huesos de roca y carne verde que florece hasta donde la vista deja sentir la brisa que emana de sus pulmones.
 Somos una canción que nadie escuchó. Una hermosa melodía perdida entre el ruido de orquestas desafinadas. Somos la nostalgia de una serenata que nunca se dedicó bajo algún balcón en la madrugada.
  Somos un poeta sin café y cigarrillos; un violinista sin tejado; un amante sin rosas; un aventurero cuya bitácora se le quedó en la oficina.
   Somos una bola de cristal suspendida en un infinito telón negro por hilos cuánticos. El universo condensado en una neurona que detona un nuevo Big bang con cada sinapsis.
   Somos calaveras maquilladas de vida, vestidas con carismas y adornadas con apariencias que desaparecen para mostrar la verdadera felicidad de una sonrisa desnuda e improvisada.
   Somos hambre y abundancia. El negro y el blanco conjugados en la dualidad de una existencia dotada de matices; invisibles a los ojos de los necios, aquellos cuya boca es más grande que sus razonamientos; pero ricos y gradientes para aquellos cuyos ojos miran más allá de lo que cabe en las palabras.
   Somos la soledad del acompañado, el discurso del callado, el Hércules dentro del escuálido y la gran idea antes de dormir que desaparece cuando despiertas... El niño que vuela papagayos rotos en lo más        profundo de tu subconsciente.
   Somos fanatismo pasajero, un nacionalismo sin fronteras lleno de pecadores religiosos y condenados en las puertas del cielo. Somos el dominó de universitarios marchando hacia el sol de los mártires, siempre jóvenes y brillantes en el panteón de sus campus elíseos.
   Somos la milésima parte de lo descubierto y la mitad de lo ignorado. Inquilinos molestos responsables de un niño más consciente de nosotros que de nuestras consecuencias.
   Somos un mundo lleno de intelectuales y dictadores, de artistas callejeros y celebridades decadentes, de pensamientos mal interpretados y paradigmas vueltos dogma. Un sur sin norte y un águila que vuela más allá de donde los misiles son capaces de matar las flores y los poemas de un izquierdista millonario.
   Somos absurdos y oscuros, bizarros y nobles. Un milagro que destella entre las llamas de nuestra brevedad majestuosa y escandalosa.
   Somos un universo; una galaxia; un sol y un átomo libre...
   Somos polvo de estrellas...

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martes, 5 de noviembre de 2013

Historia breve de un encuentro memorable

         
             La tarde transcurría tan gris como el concreto mojado de la calle. Las gotas de una suave llovizna golpeaban tímidamente el cristal de la ventana mientras miraba abstraído el pasar de transeúntes sin rostro avanzando rápidamente sobre la acera. Afuera, el atasco vehicular típico de la avenida hacía casi diez minutos que mantenía el autobús detenido en el mismo lugar. Un suspiro de fastidio empaña mi vista al exterior mientras mi mente se enfrasca en su propio submundo; aislado del bullicio de conversaciones ajenas y de cornetas, dando prioridad a mis propios asuntos por encima de cualquiera, en la intimidad de aquellas miradas introspectivas que es bueno hacer al alma para meditar sobre nuestros problemas cuando no queda nada más por hacer que tamborilear el asiento con los dedos en medio de las monumentales colas que se forman en la ciudad de las autopistas.
            Hago un breve repaso visual a la gente que comparte conmigo el colectivo: Una mujer con dos hijos está a punto de perder la cordura, un señor lee el periódico apaciblemente en la otra fila  y dos asientos atrás un adolescente está por pasar por enésima vez el nivel de un juego en su teléfono; sin embargo, es justo en el puesto frente a mí que mi mirada se detuvo al mismo instante que el tiempo y todo el universo. Allí estaba ella, inquieta quizás de la impaciencia; mi vista la recorre entera, como un ser extraño, entre exótico y divino, presente en medio de los mortales así como un milagro que rompe lo cotidiano, sus pies se tambalean frenéticamente mientras su tupido cabello pelirrojo se movía al compás de su cabeza haciendo bailar sus rulos con el ritmo de las canciones cuya letra sus labios cantaban silenciosamente para sus adentros. 
     Quizás no fuera tan sutil la forma en que quedé anonadado pues al centrar más mi mirada, me topé con aquellos ojos verde oliva que fijamente taladraban mi conciencia, recriminándome mi invasión a la privacidad de su momento. Enrojecido, aparto la vista no sin evitar sentirme el ser más avergonzado en la tierra, y no sé si fue suerte o carisma, pero de reojo pude notar como una sonrisa teñía su rostro con colores de vida y luz que me devolvieron la esperanza de seguir mirando, está vez de frente y con su permiso.
            Y así, como dos niños haciéndose caras entre las ventanas de dos autos, comenzamos aquel duelo de miradas donde a veces era yo quien apartaba primero la vista, otras veces era ella, y como si el mundo afuera ya no existiera, sólo eran esos ojos profundos e indómitos los que me interesaban, esa mirada fija era todo lo que necesitaba en ese preciso instante, esa ceja arqueada que invitaba a la intriga sobre cuál sería su historia, y si había posibilidades para mí en su futuro; esos labios rojos que me hacían preguntarme cuál sería la melodía de su voz, pero al morderlos suavemente me invitó a pensar sobre el sabor de aquel fruto tan lejano, y que a su vez, tenía por escasos metros al alcance de mi mano.
            Jamás me di cuenta en qué momento el tráfico se despejó, ni cuando el cruce de nuestros destinos llegó al trágico final que condenan los amores casuales de a primera vista, solo sé que sacó su paraguas y quitándose los audífonos se levantó al sonido de la parada, me regaló una última mirada oliva para mi recuerdo, y con aquellos labios pronunció un “hasta luego” inaudible antes de bajarse del autobús y devolverme de golpe a la realidad. De pronto el mundo volvió a ser tan gris y frío como las paredes de metal dentro de las que me encontraba, y el reloj siguió su curso sobre mi muñeca como si no hubiese sido más que un sueño plácido. Me bajé dos paradas después, sin estar seguro si era o no realmente mi destino; mi mente volvía a hacerse introspectiva y  lentamente agonizaba su hechizo a medida que con el transitar de las calles, y el caer de la lluvia, me preguntaba si el azar volvería a cruzarme con ella. 


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jueves, 31 de octubre de 2013

Una vela para Taita


(Basada en la leyenda venezolana)

     Quizás hayas escuchado hablar alguna vez sobre las Ánimas del Purgatorio, espíritus que vagan en un plano existencial donde no hay cielo ni infierno, donde el peso de sus vidas pasadas les da un destino incierto en el que, sin acciones nobles ni pecados mortales, no pueden hallar la paz ni la tan anhelada luz al final del túnel. Son sumamente conocidos tanto en Venezuela como en el resto de Latinoamérica, especialmente en las zonas rurales donde muchos son venerados, pues se dice, tienen la capacidad de conceder favores a sus seguidores siempre y cuando estos les ayuden a ellos a cruzar el umbral de la muerte, intercediendo a través de sus rezos o mediante algún rosario. 
     El trato es simple, sólo basta con encender cierta cantidad de velas en el altar de la casa durante un plazo previamente acordado, y en una manera, a veces milagrosa, se obtiene la ayuda solicitada; esto nos lleva a nuestra historia, ocurrida hace no muchos años en un sector popular de la ciudad de Caracas, una zona muy antigua de casones señoriales; donde la superstición se mezcla con la fe y las costumbres religiosas, dando lugar a un sinnúmero de relatos contados entre la realidad y la leyenda, y donde el realismo mágico tan característico en la historia de nuestros pueblos latinos renace y florece en un conglomerado de supersticiones y fantasía, en pleno corazón de la capital venezolana. 
     Allí mismo, en esa zona detenida en el tiempo, conocida como La Pastora, vivía Doña Teresa, una mujer ya bien entrada en sus cuarentas que, como la mayoría de señoras de su clase, era fiel creyente de todos esos cuentos y tradiciones que formaban parte de su idiosincrasia criolla, incluidas las ánimas, las cuales si bien no figuraban a menudo en su devocionario personal, eran una solución bastante irresistible para sus problemas económicos como para dejarlos pasar; vivían tiempos duros y, para una madre divorciada como ella, el pasar del día era una acumulación constante de deudas y más deudas que la tenían hasta el cuello, así una noche a bien pasadas las horas, en la intimidad de su habitación se colocó de rodillas y, poniéndose lista en la posición para orar, se dispuso a pedirle con el corazón en mano “una ayudaíta” a las ánimas para poder salir de todas estas calamidades que sufría por su falta de dinero; el acuerdo, cuatro velas encendidas durante todo el mes; parecía algo razonable y, sinceramente, ya había agotado todos los medios para solventar su difícil problema, estaba desesperada y tenía bocas que alimentar, así que entregó toda su confianza en su fe, al fin y al cabo, ya no le quedaba nada por perder.
      Pasaron los días y, cuando Teresa por fin daba por acabada sus esperanzas, recibió una llamada que, por primera vez en mucho tiempo, le había esbozado una enorme y sincera sonrisa en su rostro: le llamaban de un tribunal para informarle que habían fallado en su favor en un antiguo juicio contra su exmarido y que ella creía era caso enterrado, ahora él no sólo debía aumentar la pensión alimentaria que les enviaba, sino que además incluía una jugosa compensación monetaria que, sin ninguna duda, era la solución para todas sus deudas; o por lo menos, de gran parte de ellas. Apenas colgó, salió corriendo hacia el pequeño altar que había en un rincón de la sala, abrió la gaveta de un mueble cercano, y fósforo en mano, encendió uno a uno los cuatro velones blancos que con mucho cuidado había colocado entre sus estatuillas de la virgen y estampillas religiosas, se persignó, y con lágrimas de felicidad corriéndole por las enrojecidas mejillas, dio las gracias desde lo más profundo de su ser y queriendo con esto cumplir su parte del trato e interceder por ellos en su camino para encontrar la paz.
     Siguieron  pasando los días y como devota cristiana que era, mantuvo su promesa la mayor cantidad de tiempo que pudo, hasta que uno de los cuatro velones se extinguió por completo, y aunque se había hecho a sí misma la nota mental para comprar otra, tenía otras ocupaciones más importantes que cumplir; entre el trabajo, las cuentas que estaba pagando todavía, el colegio de los niños y las demás tareas del hogar, estuvo tan ocupada que ya para el final de la tarde había olvidado su recado. Era un descuido normal, a cualquiera le hubiera ocurrido, era tan sólo un detalle insignificante fácil de pasar  por alto, pero no para las ánimas del purgatorio, pues si algo también se conoce de estos espíritus en pena, es que son sumamente vengativos y rencorosos con aquellos que incumplen con el trato, incluso una nimiedad como una vela faltante era capaz de hacer erupcionar toda oscuridad, maldad y locura de estos seres quienes desatan con ira cruel e implacable su castigo sobre sus deudores.
     La noche siguiente Teresa regresaba agotada de su trabajo como siempre, ya era bastante tarde y la calle se encontraba solitaria; las aceras, apenas si eran iluminadas a tramos por los faroles; ni un ruido más allá que el de los grillos y el frío penetrante que bajaba del Ávila le obligaba a cerrarse el suéter mientras apuraba el paso para llegar lo más rápido posible a su hogar. Su cerebro se mantenía alerta ante cualquier cosa sospechosa que viera, esto como un mecanismo natural ante la creciente inseguridad que azotaba la zona, y con una sensación recorriendo su cuerpo de que algo o alguien iba tras de ella, esta alarma se hizo más sensible todavía. Temiendo ser interceptada por alguna pandilla o delincuente, sujetó su bolso con fuerza y aceleró aún más hasta el punto de sentirse casi trotando; ya divisaba su casa a lo lejos entre todas las demás que tomaban un aspecto lúgubre y sombrío en la oscuridad de la noche con sus grandes ventanas de madera y sus rejas puntiagudas de hierro forjado; jadeante ya del esfuerzo, tomó el valor de voltear sólo para percatarse de que no había nada tras de ella; la calle empinada lucía tan solitaria que no se veía ni un alma, pero al volver la cabeza y avanzar hacia la puerta, vio algo que le heló la sangre y casi le hizo soltar las llaves que había sacado metros atrás: frente a ella, se encontraba su padre, su Taita. 
     Él había fallecido hace algún tiempo ya, dejando en Teresa un vacío enorme pues le tenía un cariño grandísimo y verlo allí plantado en las escaleras de la entrada, era una imagen que no sólo la perturbaba, sino que también le traía recuerdos y nostalgia, además del placer de volver a verlo; restregó sus ojos como queriendo caer en que era una jugada de su cansancio, pero la aparición seguía allí, así que persignándose se le acercó lentamente con precaución, mientras que la figura, vestida de guayabera y sombrero le sonreía tranquilamente, con esa mirada serena, dulce y paternal que la invitaba a tranquilizarse. – Hija mía, ¡cuánto tiempo ha pasado!, no sabes lo mucho que te he extrañado y he querido verte- le decía su taita mientras ella, abnegada en lágrimas extendía sus brazos para abrazarlo, la figura hizo gesto que no, que sería mejor pasar y tener esa última conversación que jamás pudieron tener debido a lo repentino que fue su muerte, y abriendo la puerta se dejó llevar por la emoción -¡Tengo tantas cosas que contarte!, ¡Ay taita, que felicidad que te aparecieras!   
     Sin embargo, no había terminado de pasar por la puerta cuando un ruido seco retumbó en sus oídos y la figura de su taita se convirtió en un enorme velo negro que comenzó a recorrer por toda la casa, volando a una velocidad increíble, el susto no se hizo esperar y emitió un agudo grito pegándose a la pared mientras el ente revoloteaba al ras del techo produciendo un viento ligeramente huracanado que derribaba estanterías, adornos y cuadros; - Has faltado a tu promesa, has incumplido tu deuda con nosotros y ahora tendrás que pagarla- exclamaba la sombra con una voz grave y múltiple, como si varias personas hablasen al unísono, esta sombra atravesó el pasillo y se metió en los cuartos desordenando todo a su paso, en la habitación, los niños gritaban en sus camas; el más pequeño - de unos 9 o 10 años- lloraba a lágrima suelta mientras el más grande, de 14, lo abrazaba en un intento de calmarle aunque él mismo temblaba preso del pánico. 
     Teresa aferrada a su crucifijo trataba de rezar aunque las palabras difícilmente le salían en forma de balbuceos tartamudos por el nudo que se le había hecho en la garganta, trataba de implorar misericordia pero cada vez que pronunciaba una palabra el ser volvía, y con una fuerza estrépita le golpeaba como un camión arrollando todo en su camino, -¡Pero si yo encendí las velas como les prometí!, ¡No sé por qué me están haciendo todo esto!- gritaba con la voz quebrada mientras el delineador se escurría por su rostro, -¡Por favor, tengan piedad!-
- ¡Nada de piedad!- le contestaban las voces- Tu ofrenda desde ayer se encuentra incompleta, ¿O has creído que puedes timar a las Ánimas con semejantes excusas? Debes cumplir tu promesa o pagar por tu falta…
  En efecto, era la vela faltante la causante de todo este meollo, y corriendo hacia la cocina, Teresa se dispuso a buscar frenéticamente la susodicha vela abriendo cajones y gavetas en su búsqueda, sus jadeos y sollozos eran solamente ahogados por el sonido de muebles y objetos cayendo en el piso en medio del huracán que se había formado en la sala, y del llanto de los niños que traumatizados llamaban a gritos a su madre, por fin, apareció en uno de los cajones una diminuta vela de cumpleaños que había guardado y rezando por que funcionara, arrancó hacia la sala aunque no necesitó de mucho movimiento, pues la sombra, con forma de un velo negro traslúcido de apariencia vaporosa, le tomó por los tobillos y la arrastró por el suelo como a un trapo viejo y la lanzó en el centro de un desastre de vidrios rotos y adornos de porcelana destrozados donde, con suma violencia, la levantó y llevó a empujones hacia el pequeño altar que permanecía intacto a pesar de todo el pandemónium que le rodeaba. 
     Teresa tomó la cajetilla de fósforos y con un pulso bastante tembloroso hizo varios intentos por encender la vela hasta que finalmente lo logró, y haciendo esfuerzos para que no se le apagara entre la fuerte ventisca y los sacudones que la sombra le profería, colocó la velita de cumpleaños entre los velones que aún alumbraban, y así tan repentino como ocurrió; todo el viento, la sombra y el caos desaparecieron como un relámpago que fugazmente se desvanece en medio de la tormenta, todo volvía a estar en un silencio sólo corrompido por el tenue sonido de la noche y una calma se apoderó  de la casa como la paz después de una sangrienta batalla. 
      Teresa cayó de rodillas agarrando con toda la fuerza de su mano el Cristo del crucifijo, mientras su piel pálida volvía a retomar lentamente su color natural, con los escalofríos propios de la adrenalina todavía fluyendo por su cuerpo. Sus hijos salieron corriendo y la abrazaron sollozantes; y permanecieron allí, durante un buen rato, sin que nadie dijera ni una sola palabra más que contemplar con la mirada perdida, absortos en el desastre que había en toda la casa. Al día siguiente Teresa no fue al trabajo, dedicó el día completo a arreglar todo el destrozo, enclaustrándose ante las miradas curiosas de los vecinos que se acercaban a preguntar por el escándalo que había ocurrido anoche, y sin contestar a ninguno, evadió el tema aunque si algo se hizo común en esa casa a partir de ese día, es que Teresa siguió encendiendo sus cuatro velas diaria y devotamente, aunque ya pasara hace mucho el mes acordado en su promesa.

Nota: Esta historia es de mi autoría; sin embargo el concepto original de la misma esta basada y adaptada a partir de la leyenda “El ánima sola”, encontrada en este sitio web: http://mitosleyendasdevenezuela.blogspot.com/ y de todos los cuentos orales transmitidos en la cultura venezolana. ¡Gracias por leer!   


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